Mientras observo a la gente que desfila por los enormes pasillos de los centros comerciales durante estos días de diciembre, me solidarizo en silencio con todos aquellos que han perdido a un ser querido y recuerdo a mi hijo.

Mis ojos, empañados en una mezcla de ternura y de inenarrables sentimientos, me impulsan a sumergirme en el fondo de mi corazón. Y es entonces cuando me rindo humildemente a la vida y le agradezco el tiempo que he podido compartir con él.

Renuncio definitivamente al dolor (victimista) de su partida y me propongo no vivir en vano lo que reste de mi existencia y a estar atento. Atento para no culpabilizarlo inconscientemente de su partida, y por ello transformarlo en el verdugo de mi existencia al abandonarme en el dolor.

Decido que sí, que tengo derecho a sufrir porque el sufrimiento es una cualidad humana, pero la ausencia de mi hijo no me proporciona más derechos, sino más responsabilidades. Por lo tanto, debo escoger entre sufrir miserablemente o sufrir con dignidad.

Me sumerjo silenciosamente en un invisible abrazo con todos los padres que han perdido algún hijo y, tal como ha dicho José, un amigo mío, "para ti, Joan, hijo mío, estés donde estés", éste es mi homenaje:

¡Sí a la vida a pesar de todo!

Publicado en La Vanguardia (31/12/2000)