21 – Ante la Muerte de Sandra (Revista Ob Stare)

Aún recuerdo la alegría desbordante que sentí aquel 23 de junio cuando me confirmaron mi embarazo tras muchos intentos infructíferos, desencantos y falsas esperanzas por un embarazo que no llegaba. Todo eso quedaba atrás, ya no importaba, todo había valido la pena…
En ese momento empezaba una nueva ilusión, un proyecto nuevo, pensado con mi marido, un hijo de los dos, no cabíamos en nosotros de la alegría, una alegría desbordante, un sueño compartido hecho realidad. Empezó la cuenta atrás de los nueve meses de gestación, tiempo de alegría… Los cuidados de una embarazada: los controles habituales, no realizar actividades peligrosas, nada que pudiese poner en riesgo la salud y el desarrollo normal del feto. Tiempo de hacer proyectos, de planificar su llegada a su nuevo hogar, su habitación, su ropa, sus juguetes…, tiempo de imaginar cómo sería su aspecto, a quién iba a parecerse, su sexo…
Su llegada al mundo fue una experiencia inolvidable, algo indescriptiblemente hermoso, era una niña preciosa. Recuerdo la perfección de todo su cuerpo, su cabeza, sus manitas, sus deditos… y la sensación de incredulidad ante lo que representa el milagro de la vida. Es algo difícil de explicar, ¡cómo de dos células insignificantes puede desarrollarse algo tan perfecto como es un nuevo ser! ¡Había tenido la inmensa suerte de dar vida a ese ser maravilloso! Pasaron los días y mi pequeña Sandra iba creciendo y llenando nuestras vidas de satisfacciones y alegrías ¡Parece un ángel! Es la expresión que más recuerdo oír de quienes la veían por primera vez. Sus grandes ojos azules como el cielo, su cabello rizado y rubio, su cara redonda, sus mofletes sonrosados, siempre sonriente, y su cuerpo regordete, realmente semejaba la imagen con la cual se representa a los ángeles. Además, su carácter alegre, juguetón, era parlanchina, dócil e inteligente, tenía todas las cualidades que unos padres pudiesen desear en un hijo. Fueron dos años y medio de una maternidad gratificante, pese a todas las preocupaciones habituales por enfermedades corrientes, por las dudas y las angustias generadas por la inexperiencia y la inseguridad de obrar correctamente, los temores ante las enfermedades de los padres primerizos, la angustia de la primera separación: los primeros días de la vuelta al trabajo, su primer día de colegio…
Dos años y medio en los que Sandra fue creciendo, desarrollándose como bebé, como niña sana, feliz, en una familia que la adoraba, abriéndose a la vida como una perfumada flor en primavera, con un futuro prometedor… y así seguirá en mi recuerdo hasta la eternidad, una pequeña flor de dos primaveras, porque su vida se detuvo en ese instante. Cuando pensaba que lo controlaba todo, un coche se interpuso en nuestro camino y no permitió que esa flor se abriese en más primaveras, se quedó ahí… en ese eterno jardín lleno de vida, de alegría y de ilusiones que son los dos años…Y así es cómo la recordarán siempre su madre y todas las personas que la conocieron.
Un instante… una vida apagada cuando aún estaba empezando, sin sentido, sin motivo alguno, sin posibilidad de hacer nada por evitarlo encontró su cita con la muerte mucho antes de lo que jamás hubiese nadie imaginado. Sería su destino… Su destino fue una vida corta, intensa y llena de sentido.
Después… se inicia una nueva vida para todas las personas que la han conocido, que la han querido. Dolor, desesperación, rabia, impotencia, incomprensión ante esa situación, soledad, vacío y miles de preguntas siempre sin respuesta.
¿Y ahora qué?
Me hallaba ante una situación nueva para mí, yo nunca había pensado que algo así pudiese suceder, si era prudente, cuidadosa, atenta a todo lo que sucedía siempre a su alrededor. A lo largo de toda mi vida me había preparado para luchar, para tener una familia, sabía lo que debía hacer como madre pero nunca me había planteado que mi hija pudiese faltar.
¿Cómo se vive cuando falta un hijo? ¿Se acaba alguna vez ese dolor tan desgarrador? ¿Por qué me ha sucedido a mí? ¿Qué he hecho para merecer esto? Si hubiese tomado otra decisión… quizás las cosas serían diferentes.
Las dudas, la angustia, la irritabilidad, el enfado, la tristeza…, los sentimientos contradictorios de ese primer momento son tantos que ahora mirando retrospectivamente me pregunto en qué momento empecé a “darme cuenta de la realidad”, de “mi realidad”, porque mi realidad había cambiado, tenía que “re-construir” de nuevo toda mi vida porque mi vida anterior había dejado de tener sentido. Todo por lo que yo había luchado desapareció en un momento y ahora tenía que empezar de nuevo, empezar como un niño pequeño que empieza a dar sus primeros pasos, inseguro, levantándose y cayéndose una y otra vez porque de lo contrario no aprendería a caminar. Y se inició un nuevo camino por la vida, y una búsqueda incesante que me permitiese comprender lo que me había sucedido, pero comprender con la mente es muy difícil cuando mente y corazón siguen trayectorias divergentes.

El shock inicial

Cuando una madre o unos padres pierden a su hijo de forma súbita (accidente, muerte súbita) o le detectan una enfermedad, lo primero que aparece es un dolor desgarrador, incredulidad ante lo sucedido y normalmente tiende a negarse. No puede ser cierto, Esto es un sueño y en cualquier momento despertaré son frases habituales.
En los primeros momentos, que se viven como una pesadilla, y en los que se celebra el entierro (es la primera despedida, la primera toma de contacto con la realidad) teniendo que tomar todo tipo de decisiones, la familia y los amigos están muy pendientes de los padres acompañándoles, apoyándoles y compartiendo su dolor, se toma conciencia de lo sucedido. El verdadero enfrentamiento con la cruda realidad llega cuando desaparece este apoyo social, cuando la casa se queda “vacía de gente”, y día a día tenemos que enfrentar esa ausencia: la habitación vacía, el silencio….
En ese momento las lágrimas no dejan de aflorar. Es bueno dejar que salgan y expresar todos los sentimientos que llevamos dentro. A mí me decían No llores, llorar no arregla nada, vas a poner más triste a tus padres. Realmente llorar no nos va a devolver a nuestro hijo, pero nos permite expresar todo el dolor que sentimos en ese momento, y para poder curar esa herida es necesario limpiarla bien; las heridas que no curan bien acaban infectándose y provocan aún más dolor y sufrimiento.
Existe una necesidad imperiosa de hablar de ese hijo, de sus cualidades, y se le recuerda a cada momento; es una forma de llenar ese vacío que nos ha dejado su ausencia física…

¿Cómo pueden ayudar la familia y los amigos?

La familia y los amigos se desviven por apoyar y acompañar a los padres dolientes. Paradójicamente eso puede llegar a convertirse en una carga si no nos sentimos comprendidos, si no podemos expresarnos libremente. Cuando alguien me decía Sé lo que estás pasando, yo pensaba Tú crees que me entiendes, pero ¿cómo vas a comprenderlo si a ti no te ha pasado?, pero no podía decírselo porque entendía sus palabras, su afecto, pero… ¿y a mí, quién me entendía?. Realmente me sentía acompañada, pero no comprendida. ¿Cómo podían comprender la magnitud de mi dolor?
Para la familia se hace difícil estar al lado de un hijo, de un hermano…, porque cada uno está viviendo su propio dolor y, además, ver el sufrimiento de las personas queridas se hace mucho más doloroso. Por ello, al principio, en la familia se acostumbra a no hablar del tema para no tener que enfrentarse al dolor. Recuerdo las palabras de una compañera cuando les decía a sus familiares Habladme de mi hija y de mi marido; ahora no están, pero han existido, hemos compartido muchas cosas juntos y me duele más vuestro silencio que su recuerdo.
La mejor forma de ayudar a alguien es escucharle, con todo lo que ello conlleva. Escuchar su tristeza, su enfado, su rabia, sus silencios, sea cual sea la forma que se expresen, y manifestar el deseo de apoyarle, no inhibirle en sus expresiones con frases como no llores, no sirve para nada, el tiempo lo cura todo, Dios lo ha llamado porque lo necesitaba, era un angelito… Frases que aumentan más el enfado y la sensación de incomprensión del padre doliente. Puede ser más efectivo un abrazo silencioso o la simple expresión de un “no tengo palabras” que una frase hecha.

La culpabilidad

Un sentimiento que invade a todos los padres es la sensación de culpabilidad. Todos los padres tendemos a creer que en algún momento tomamos una decisión equivocada, que actuamos de forma incorrecta, que siempre podríamos haber hecho algo que hubiese evitado el fatal desenlace. Nosotros podríamos haber tomado otro camino, haber salido más tarde para no encontrarnos con ese coche y así evitar el accidente; otros creen que no les prestaron suficiente atención a sus hijos y por ello enfermaron. En el caso de enfermedades, pueden llegar a pensar que no controlaron la medicación lo suficiente y estaban en la obligación de saber más que los propios médicos… Son innumerables las acusaciones que podemos llegar a hacernos como padres.
Son ideas que van apareciendo en la mente de los padres porque necesitamos encontrar una explicación plausible a todo lo que nos sucede; estamos tan acostumbrados a que a cada acción le corresponde una reacción que olvidamos que el azar también existe, y hay cosas que podemos controlar y otras se escapan a nuestro control. Si nos paramos a pensar, somos capaces de prever muy pocas de las situaciones que vivimos a diario.
Como padres, vivimos en una omnipotencia mágica, casi infantil, pensando que podremos proteger a nuestros hijos de todos los peligros externos, porque los vemos pequeños, indefensos…
Cuando por el motivo que sea, un accidente, una enfermedad… no podemos hacerlo tendemos a pensar si nos ha sucedido esto es porque lo merecemos, algo habremos hecho mal, por acción o por omisión. Son muchos los padres que cargan con ese lastre sobre sus espaldas durante mucho tiempo.
También, en el caso de una enfermedad, la culpa puede recaer sobre el equipo médico que le atendía y “no hicieron lo suficiente”, “no lo atendieron bien”, “se equivocaron en la medicación”, cuando en realidad el equipo médico hizo todo lo que estuvo en sus manos.

¿Cuándo empiezan a cambiar las cosas?

La situación empieza a cambiar cuando nos hemos habituado a su ausencia física, cuando podemos pensar en nuestro hijo, en mi caso Sandra, recordando todo lo que aportó a nuestra vida de positivo, porque en cualquier caso nuestros hijos son un regalo de la vida.
Todo empieza a cambiar cuando dejamos de luchar contra el dolor e intentamos integrarlo en nuestra vida, a asumirlo, porque entonces empieza a haber espacio para otras cosas, otros sentimientos. No debe asustarnos sentir, porque los sentimientos nos indican que hay vida, aunque ésta no sea como nosotros nos la hubiésemos imaginado. Desde pequeños nos educan para triunfar, para conseguir cosas, sacar buenas notas, tener éxito, conseguir un buen trabajo…, sin pararnos a pensar que todo es pasajero y que de la misma manera que se puede ganar también se puede perder, y que la vida también tiene otra cara que es la muerte. Vivimos de espaldas a la muerte y solamente reparamos en ella cuando nos toca de cerca.
Una cosa que he aprendido es que nadie sabe de cuánto tiempo dispone, por eso hemos de vivir conscientemente, ser consecuentes con nosotros mismos para que esa VIDA que vivimos valga la pena.
Cuando nos damos cuenta de que no estamos solos, que no somos las únicas personas que han perdido un hijo, hay otros padres que están en la misma situación y se pueden compartir experiencias, de esta forma uno no se siente tan aislado y tiene la posibilidad de darse cuenta de que sus sentimientos, sus pensamientos, no son únicos, sino compartidos por la mayoría de padres.
Cuando nos damos cuenta de que de lo único que somos responsables es de tomar la decisión de cómo queremos vivir esta situación, de tomar una actitud positiva que me permita enfrentar la situación, o negativa, y estar compadeciéndome por el resto de mis días.

¿Se puede superar la muerte de un hijo?

Estoy cansada de oír a psiquiatras y médicos que la muerte de un hijo no se supera nunca. Yo no comparto esa opinión. Lo cierto es que la muerte de un hijo no se olvida nunca, pero eso no importa. Ningún padre quiere olvidar a su hijo, ése es uno de los grandes temores, sobre todo cuando son niños pequeños. La muerte es también una parte de la vida. Yo y todos los padres que conozco queremos recordar a nuestros hijos con alegría, recordar todos los momentos vividos, lo que se quiere dejar atrás es el dolor y el sufrimiento. Cuando dejamos de centrar la atención en lo que hemos perdido y la centramos en lo que tenemos a nuestro alrededor, las cosas cambian. El dolor es egoísta y solamente nos deja ver lo que hemos perdido; no nos deja ver lo que tenemos.
Recordar para seguir adelante, recordar para vivir más conscientemente lo que nos rodea, recordar para ser más solidarios con el sufrimiento de los demás y recordar para realizar proyectos nuevos y poder invertir de nuevo nuestra energía en el presente y en el futuro. Una de las cosas que me han ayudado en mi proceso ha sido entrar a formar parte de un Grupo de Ayuda Mutua, Renacer, donde se pueden compartir experiencias, ver cómo otros han enfrentado la situación, qué representaba para ellos actuar de una forma u otra, y en ese compartir ir conociéndose mejor interiormente y apoyándose mutuamente. Este grupo lo formaron varios padres que habían pasado por una misma experiencia, la de perder alguno de sus hijos, con el objetivo de enfrentar el dolor, aprender de él y darle un sentido.

¿Por qué cuento estas cosas?

El motivo de mi testimonio no es otro que el de dar referencia de que la muerte existe, que aunque no la queramos es real. Está ahí y aparece cuando menos la esperamos; no importa la edad, ni las circunstancias sociales, ni los cuidados recibidos. Nos lo demuestra la experiencia; cuando creemos que se dan todas las circunstancias favorables para que se produzca el desenlace, la persona sigue sobreviviendo contra todo pronóstico y a veces sobreviene cuando no podemos ni imaginarlo. Únicamente somos conscientes de que existe cuando nos toca a nosotros. Todos los días oímos en las noticias que se ha producido un accidente, pero no pensamos que a nosotros nos pueda pasar; oímos sobre las enfermedades, pero no pensamos que nos puedan afectar hasta que nos vemos en la situación de enfermos.
En parte para desmitificar la muerte, y a los padres que pierden a sus hijos, no son “bichos raros”, existen y lo que quieren es sentir que se les trata con cariño y comprensión, que no se les evita a veces en la calle porque no saben qué decirles. No son enfermos.
En parte para dar un mensaje de esperanza a aquellos padres que puedan encontrarse con una pérdida reciente, con una situación semejante a la mía, diciéndoles que Sí, que se puede continuar viviendo con dignidad después de la muerte de un hijo, que se puede volver a tener una vida satisfactoria, plena.
En parte para agradecer a todas aquellas personas que en su momento estuvieron a mi lado y siguen estando, a mi familia, mis amigos incondicionales siempre y a los compañeros del grupo con quienes he compartido muchas vivencias.
En parte para sensibilizar a todas aquellas personas, padres, profesionales… que viven circunstancias similares con cierta proximidad con las necesidades de los padres dolientes.
Y también para concienciar a todos los padres de la importancia de disfrutar de cada momento con sus hijos, y “no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy”.

¿Por qué puede ayudarnos un grupo de ayuda mutua?

Un grupo de ayuda mutua es un grupo de personas que se reúnen con un objetivo. Todas tienen algo en común; en este caso, la pérdida de un hijo, lo que hace que las personas que se acercan a él se sientan acogidas y comprendidas, porque todas comparten unos sentimientos comunes. Encontrarse con otros padres incrementa la sensación de “normalidad”, no somos los únicos que hemos perdido a nuestro hijo, podemos compartir experiencias y sentimientos que experimentamos ante la pérdida, vemos que son sentimientos comunes, “no nos estamos volviendo locos”, puede disminuir el sentimiento de culpabilidad por realizar determinadas conductas (reírse, pasárselo bien) porque otras personas en la misma situación también lo hacen. Yo contacté con un grupo de ayuda mutua, Renacer, hace aproximadamente año y medio. Renacer es un grupo de ayuda mutua basado en la logoterapia de Víctor Frankl. El grupo se basa en el hecho de que sufrir es inevitable y de lo único que somos dueños es de decidir cómo queremos actuar en cada momento. Hay padres en distintos momentos del duelo y cada uno aporta su experiencia; nos reunimos con el objetivo de enfrentar el dolor, aprender de él y en ese proceso darle un nuevo sentido a la vida.
A la vez transmitir un mensaje:
A pesar de todo…, Sí a la Vida

Un mensaje de esperanza a los padres que llegan con pérdidas más recientes.

Aprovecho la ocasión para mandar un abrazo a todas aquellas personas que estén atravesando una situación parecida y les animo a contactar con otros padres y a no aislarse de los demás.

Contacto: marilinaferrer@yahoo.es

renacer_hospitalet@yahoo.es

www.renacer-barcelona.org

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