Queridos padres y madres:

Siento la necesidad de escribiros al imaginaros en vuestra reunión de los viernes porque me gustaría estar allí compartiendo, lo primero, los abrazos, tan vitales para poner en contacto los corazones, y también los avances y tropiezos en este camino común que recorremos.

Estas dos noches que he estado con vosotros, he podido sentir cómo, para quién nos ve desde fuera, sólo estamos cenando, hablando, alguien deja escapar una lágrima, luego reímos…, no parece que ocurra nada especial. Sin embargo, si os digo lo que para mí ocurría desde dentro, diría que traía mi dolor removido después de haberme sentido tan sola frente a un viejo amigo que me había dicho eso que seguro que todos habéis tenido que escuchar alguna vez. Al mencionar la muerte de mi hijo: “calla, calla, que se me ponen los pelos de punta,… yo me moriría…” y cambia de conversación, para poder continuar en su inconsciencia de la existencia de la muerte como una parte de la vida. No es la primera vez, pero me vuelvo a quedar tan sola con este dolor negado por todos los demás, que al mismo tiempo me niega a mí porque, según ellos, debería estar muerta. No pueden escuchar ni una palabra sobre nuestro dolor, y por tanto lo más crucial de nosotros, que es la existencia de nuestros hijos y su pérdida, no existe para ellos. Frente e ellos me siento negada porque sólo pueden ver de mi lo que es aceptable, y ser una madre cuyo hijo ha muerto y sigue viviendo sin saber cómo, no saben como aceptarlo.

Algo rota por esto, llegué al encuentro con vosotros, deseando ser acogida con todo lo que soy. Y sin tener que contar cómo me sentía, o la anécdota de la que venía, me encuentro con vosotros y vosotras, que me recibís con un abrazo o unos besos, como si nos conociéramos de mucho, como a una igual, sabiendo que estamos vivos y calmados y dispuestos a querernos. Saludos sencillos, palabras que no tienen porque ser todo el rato de pensamientos profundos. Pero lo importante es lo que no se ve desde fuera, lo que circula con las miradas, con la calma de estar unos al lado de otros, compartiendo el tiempo, y viviéndolo como si entre todos estuviéramos sosteniendo entre nuestras manos esos hilos de oro que le decían a Marisol, hilos que nos unen y que son l a materialización de la conciencia de la existencia de nuestros hijos. Es esto que circula sin palabras, hilos que los de fuera no ven, y a través de los que uno desliza una mirada cariñosa o una palabra cómplice, siempre recubierta de un sentimiento fundamental de que estoy aquí contigo, te entiendo y comparto. También esos hilos permiten que aún casi sin conocernos, en un instante puedas estar haciendo las confidencias más profundas con el alivio de que son recibidas por alguien que las comparte pero no las juzga. Entre vosotros uno puede exponerse porque nadie le va a hacer daño. Ya sabéis lo inusual y hermoso que es esto. Todo esto me pasaba con vosotros estas dos noches y hace que me sienta unida, aún a tanta distancia.

Quiero agradeceros a todos vuestro acogimiento y vuestra instantánea solidaridad, el afecto y el reconocimiento como una madre más que puede estar con vosotros teniendo a su hijo consigo sin necesidad de negar su existencia ni su muerte, y por dejarme ver, una vez más, que el camino de amor es sencillo y sembrado de calma compartida.

Ánimo con los abrazos que tanto calman las heridas, que todavía noto el contacto cálido de cada uno de vosotros en el alboroto abrazador que Juan nos propuso y que todos nos permitimos la otra noche.

Gracias a todos, fuertes abrazos y estoy con vosotros