Lidia fue una niña muy deseada. Por su papá y por su mamá, por los abuelos, tíos, y todo nuestro entorno. Todo el mundo se alegraba por nosotros.

Yo vivía mi embarazo con la ilusión y las inquietudes propias de una mamá primeriza. Inevitablemente imaginando, sin acertar, cómo seria Lidia y cómo seria el parto. Qué pasaría después, cómo afectaría a nuestra vida la llegada de nuestra hija… Me planteaba cosas tales como su educación, lo que debía darle y lo que tenía que evitar. Planeaba acompañarla en la risa y en el llanto durante un buen trecho de su viaje. Intuyo que todo esto no es distinto a los sentimientos de cualquier madre en su primera experiencia.

Debido a un principio de preclamsía Lidia nació por cesárea a las 26 semanas de gestación; Inmediatamente tuvo que ser atendida por el servicio de neonatología del hospital de San Juan de Dios de Barcelona e ingresar en una incubadora. A pesar de ser un bebé de 620gr de peso nació con unas enormes ganas de vivir y, durante los primeros 17 días de su vida, evolucionó con normalidad. Entonces nuestra hija se infectó con un hongo y estuvo luchando durante 21 días más, hasta que la infección pudo más que ella. Lidia se fue el pasado 4 de julio.

Como a la mayoría de la gente, a mi nadie me había preparado para la muerte, y menos para la de mi propia hija. Una da por hecho que tendrá hijos, y después nietos, siguiendo el orden natural de la vida.

La muerte de un hijo es algo doloroso, pero, para cualquier persona que no haya pasado por esta situación, los matices del dolor son difíciles de imaginar y de explicar. La empatía en estas circunstancias es sumamente complicada.

Después del caos de los primeros instantes, en los que los sentimientos nos desbordan y se entremezclan mientras, al mismo tiempo, tenemos que resolver las cuestiones prácticas como el papeleo, las decisiones sobre el funeral etc., empezaron a asaltarme los recuerdos del mes que pasé junto a mi hija.

Lidia pasó su corta vida encerrada en el interior de una incubadora, y eso significa que los cuidados no dependían de su padre y de mí, sino del personal médico y de las enfermeras, con lo cual lo único que nosotros podíamos hacer era estar a su lado el mayor tiempo posible, hablar con ella y acariciarla siempre que nos lo permitían. Yo ansiaba cogerla, besarla, achucharla durante horas, verla en los brazos de su papá. Pero, a pesar de las palabras de ánimo de familiares y amigos, siempre tuve miedo de que eso no llegara a suceder nunca. Cada mañana, cuando subía las escaleras del hospital, me invadían sentimientos contradictorios, por un lado el deseo de reunirme con mi hija, y por otro el temor y la incertidumbre sobre cómo me la encontraría. Siempre explorando la cara, las expresiones y reacciones de los médicos para así valorar el estado de salud de Lidia.

La salud de Lidia empezó a empeorar el día que se infectó con el hongo. En el hospital me aseguraban que al estar sedada mi hija no sentía dolor, pero, convencer de esto a una madre que no había podido abrazar a su pequeña era una quimera. Cada vez que recuerdo los estragos que la enfermedad hizo me invade una terrible desazón, un sentimiento de rabia e impotencia, porque yo, como cualquier madre, quería proteger a mi hija, quería evitarle todo sufrimiento, y no pude.

Durante el proceso de duelo se dan infinitas circunstancias, es la primera vez en la vida en que reflexionas sobre tu yo y tu entorno. Al dolor por la pérdida se suman tu capacidad de superación y la de tu pareja, tu autoestima y la suya. Cuestiones prácticas como el trabajo, la compra, las tareas del hogar etc., el amor, el cariño y todo lo que te une a tu pareja, el dolor y la capacidad de recuperación del resto de la familia, el amor y el apoyo incondicional de los mismos. Muchas de las cosas que consideraba importantes ahora no lo son y otras han adquirido una significativa relevancia.

Durante mi estancia en el hospital San Juan de Dios una de las ginecólogas que me visitaba consideró oportuno que iniciara un tratamiento con una psicóloga. Yo, que procuraba contener el llanto en presencia de mis familiares, empecé a llorar en el momento en que la doctora cerró la puerta y me saludó. Ella, paciente, dejó que me desahogara a gusto y después me dijo: bueno ¿qué es lo que le angustia?. Le expliqué que mi hija era un bebé de 620gr, que estaba en neonatos y que los médicos decían que había un montón de posibilidades de que su salud empeorara por no tener desarrollados los sistemas respiratorio e inmunológico. Ella me explicó que los doctores debían contemplar todas las posibilidades, pero el hecho de que pudiese ocurrir no quería decir que ocurriese, que debía ser positiva. Durante la estancia de Lidia en el hospital tuve la suerte de contar con su ayuda en varias ocasiones, y me dio una serie de herramientas claves para continuar adelante; por ejemplo: no debía permitir que el dolor me anulara, porque lo irremediable ocurriría de todos modos, y en aquellos momentos Lidia necesitaba unos padres fuertes, capaces de permanecer a su lado. Todo esto lo conseguí intentando no pensar en el futuro, viviendo el día a día y conformándome con lo que tenía.

Como ya he dicho antes, las circunstancias me impidieron hacer mucho por mi hija, pero sin embargo estoy muy orgullosa de lo que fui capaz de hacer por ella durante el tiempo que la tuve conmigo, y me pregunto qué hubiese sido de mi si me llego a dejar caer en la depresión, y ésta no me hubiese permitido ni tan siquiera permanecer al lado de Lidia.

Mi hija me dio la oportunidad de ser madre desde el momento de su concepción, y el recuerdo del malestar matinal, de los antojos, de sus pataditas, del gran parecido físico con su papá. Todo ello es el regalo que me hizo mi hija, yo lo único que podía hacer es corresponderle como se merecía. Después de la partida de Lidia de nada hubiese servido sumirnos en la depresión, tan sólo para perder todo aquello que habíamos construido a lo largo de nuestras vidas. Ahora somos personas adultas y, si bien nos toca sufrir, no podemos permitirnos la autocompasión. Somos inteligentes, así que tenemos el deber de poner la inteligencia al servicio de los sentimientos.

Seguir con la vida no resulta fácil, pero un gran paso adelante es querer hacerlo. Mi marido y yo sabíamos que queríamos salir adelante pero de lo que no estábamos seguros es de poder hacerlo solos, así que nos decidimos a buscar información sobre grupos de personas que estuvieran en una situación semejante y encontramos RENACER HOSPITALET, grupo de ayuda mutua para padres que han perdido hijos.

Nos reunimos dos días al mes durante un par de horas durante las cuales exponemos situaciones, sentimientos, reacciones nuestras y de nuestro entorno y cada padre aporta su experiencia, escucha la de los demás y entre todos encontramos las herramientas para continuar con una vida mejor. Es bueno poder hablar de lo que te angustia con personas que saben exactamente cómo te sientes, y es bueno también ayudar a los demás con tu experiencia.

Gracias a los padres del grupo Renacer tanto por la ayuda prestada como por permitir que me sienta útil. Quiero desde aquí agradecer al personal de los servicios de: ginecología y obstetricia, neatología, psicología y psiquiatría; a todos los médicos, enfermeras y auxiliares que nos atendieron en el hospital San Juan de Dios de Barcelona; por el cariño recibido, por la acogida y por su gran profesionalidad.

Quiero destacar el cariño y la ayuda incondicional recibida de nuestras familias, así como manifestar mi gratitud a todas las personas que han demostrado y demuestran que nos quieren bien, porque cada cual aporta su granito de arena a su manera, y del cariño de todos se nutre nuestro bienestar. Para todos vosotros un beso muy fuerte.

Alguien durante los primeros momentos de dolor me dijo “ahora te resultará difícil de entender pero no dudes que te esperan momentos felices”. Al principio nada de lo que ocurría en mi vida me parecía agradable, pero ahora quiero que me sucedan cosas buenas y vuelvo a disfrutar de la vida, aunque de un modo diferente.

Siempre recordaré a Lidia y siempre la querré. Siento que, conforme va pasando el tiempo, la recuerdo desde diferentes perspectivas; al principio no podía evitar llorar, ahora, en ocasiones, incluso sonrío al recordar sus gestos o las anécdotas ocurridas durante nuestra estancia en el hospital.

Para mi hija Lidia de tu mamá que te quiere y no te olvida.