La razón de ser de Renacer
           En pocos días Renacer cumplirá 24 años, su historia es la historia de un cambio posible conseguido por miles de personas de múltiples comunidades, cimentado en un nuevo y sólido fundamento filosófico antropológico y una moral de la responsabilidad y de la libertad, sustentado en la dimensión espiritual como atributo específicamente humano.
           Hasta la aparición de Renacer como grupo para padres que enfrentan la muerte de hijos, la única alternativa que existía, para un padre que perdiera un hijo era “atravesar el proceso de duelo” y si necesitaba acompañamiento en ese proceso debía recurrir a quienes, tradicionalmente, habían “tutelado” dicho proceso, es decir, los especialistas en las ciencias de la psiquis y los representantes de las diversas religiones.
           En la medida en que aún no existe palabra ni lenguaje que dé nombre a los padres que pierden hijos, todos los conceptos vertidos hasta ahora sobre el duelo por una muerte que al venir da un nombre a los deudos (viudez, orfandad), carecen de vigencia, carecen de ser cuando se los aplica a los padres que pierden hijos; son, en estos casos, sólo meras apariencias.
         A partir de estos conceptos se tornaba claro el desafío: No existiendo un “duelo” convencional por la muerte de un hijo, era necesario buscar nuevos caminos, nuevos territorios, pensar lo aún no pensado.
En esa búsqueda, en un proceso de hacer camino al andar, de una manera distinta de la hasta entonces considerada como “clásica”, a saber, alejada de todo tutelaje del ser sufriente, ya sea éste químico, psicológico, religioso o social, queda al descubierto y aparece la dimensión espiritual, donde tienen su origen aquellos fenómenos específicamente humanos, aquellos que han de permitir la búsqueda señalada.
           Cuando partió Nicolás, aparecieron en nuestras vidas, en un momento determinado, muchos papás y mamás que habían perdido hijos; muchos, pero muchísimos, a tal punto que un día conversando con Alicia, notamos que eran demasiados padres que habían perdido hijos; estábamos encontrando demasiados padres que habían perdido hijos, entonces, frente a esa evidencia que no podíamos desechar, nos quedaba analizarla y no encontramos más que dos alternativas: o era una casualidad o era una señal.
           Nosotros teníamos que elegir entre las dos alternativas y podríamos haber elegido “una casualidad”, sin embargo, dijimos: si esto es una casualidad no tenemos nada que hacer, pero ¿qué pasa si esto es una señal? ¿qué pasa si esto es un mensaje y nosotros lo dejamos pasar? ¿Y si lo dejamos pasar y es la única oportunidad?
           Entonces pensamos, ¿mensaje de qué puede ser? ¿una señal de qué puede ser? y la señal estaba clarita: júntense con otros padres.
         Es así que se planteaba la posibilidad de la ayuda mutua como un nuevo enfoque frente  al  modelo de duelo imperante e inoperante.
           Así lo vimos nosotros y en un acto de fe nos tiramos de cabeza a una pileta vacía.
         El 5 de diciembre de 1988 nos juntamos en Río Cuarto, con otros padres que habían perdido hijos en los 12 meses anteriores; para encontrarle un significado al sufrimiento; para encontrar un sentido a lo que nos había pasado y para encontrar “Un después como”, pero no iba a ser una reunión de llorones.
           Si hubiésemos tenido la convicción de que somos aquello que recibimos de la vida, no hubiésemos dado ese salto, no hubiésemos dado ese paso, no hubiésemos hecho esa entrega a la vida y, a lo mejor, “Renacer” hubiera nacido lo mismo, seguro que sí, en otro tiempo, en otro lugar.
           Recordemos el ejemplo del Miguel Ángel, que cuando terminó el Moisés y le preguntaron ¿Cómo había hecho semejante belleza? él dijo: “estaba hecho, yo sólo le quité el mármol que sobraba”.
           Era algo que estaba latente, esperando ser descubierto.
           En realidad, ¿Qué hemos hecho nosotros? Le hemos quitado el polvo a algo que ya estaba; que era la necesidad de que los padres que perdían hijos no se murieran con sus hijos, para que, de esa manera, no transformáramos  a nuestros  hijos  en nuestros verdugos.
           Eso es lo que nosotros hicimos, simplemente quitamos el dolor a la experiencia de la muerte de un hijo, aflorando el amor  al hijo.
           Simplemente, hemos seguido un camino, el camino que hemos transitado y en el que creemos y después queda la libertad de cada uno para tomarlo o no. Recordemos un pensamiento de Goethe “¿por qué he de encontrar un bien, si no he de trasmitirlo a mis hermanos?”; esta frase define la esencia de lo que es la ayuda mutua.
           Un año después un “regalo de Dios” vino a nuestras manos en forma de un pequeño libro: “El hombre en Busca de Sentido” de Víctor Frankl. Al leerlo experimentamos el fenómeno del ¡ajá!
        Inmediatamente encontramos un paralelo entre nuestros sentimientos, como padres que hemos perdido hijos y los de los prisioneros en campos de concentración.
           Para nosotros fue algo así como un rayo de luz  que caía del cielo y de repente iluminaba nuestro camino.
         Como el prisionero, para el padre que pierde un hijo, el tiempo parece ilimitado y eterno; Frankl lo llama “la extraña experiencia del tiempo”, cada día debe ser vivido en todos sus minutos, con los recuerdos diarios y las rutinas sin la presencia del ser amado. Confrontados con la realidad de nuestro hijo muerto sentimos, como lo expresa Frankl que “todo lo que poseemos es nuestra existencia al desnudo”. La experiencia nos muestra con toda su crudeza y por primera vez, la transitoriedad de la vida. Confronta a los padres con su propia finitud. Como el prisionero, ven ahora la existencia como provisional y de duración desconocida. No saben cuánto tiempo se sentirán de esta manera, no saben cuánto tiempo podrán vivir de esta manera. Frankl dice que “el hombre que no puede ver  el fin de su existencia provisional es incapaz de plantearse una meta en su vida. Cesa de vivir para el futuro”. La vida misma no puede ser concebida sin ese hijo, esa posibilidad nunca fue siquiera considerada, por lo tanto, debemos encontrarle un nuevo sentido a nuestra existencia. Hemos perdido aún nuestra identidad, ya no sabemos cuáles son nuestras creencias, y nos cuesta reconocer nuestra propia imagen en el espejo. Así es como vivimos los primeros tiempos.
           Nuestro trabajo en Renacer está profundamente influenciado por la obra de Víctor Frankl; en su obra hemos encontrado los fundamentos antropológicos y filosóficos necesarios para llevar adelante esta tarea.
           De él tomamos el lema que sintetiza, en una sola frase, lo que es la razón de ser de Renacer: “El hombre que se levanta por encima de su dolor para ayudar  un hermano que sufre, trasciende como ser humano”.
           Este lema nos dice que merced a su trascendencia es que el hombre encuentra los recursos necesarios para levantarse por sobre su sufrimiento y el encontrar sentido en el horizonte de su vida, hace posible saltar cualquier obstáculo que en ella se presente.
           El elevarse por encima de su tragedia, para ayudar a un hermano que sufre,  según Víctor Frankl, expresa el emerger de la dimensión espiritual, fenómeno específicamente humano de la ayuda mutua, ya que al orientarse a algo o a alguien que no es uno mismo y desarrollar la capacidad de distanciarse de sí mismo,señala la autotrascendencia intrínseca del ser humano.
           La razón de ser de Renacer es ayudar a los padres que vienen atribulados por el dolor, sintiéndose solos por primera vez en su vida y llegan a una reunión y quieren que los ayuden, eso es Renacer.
           Los padres que se acercan a RENACER  lo hacen, en realidad, no sólo porque han perdido un hijo, sino, que, habiéndolo perdido, no quieren seguir viviendo como lo estaban haciendo. La mayoría de ellos han hecho catarsis, quizá durante el velatorio del hijo o los días,  semanas y aun meses posteriores con amigos, o familiares. Al llegar al grupo y advertir inmediatamente “cuántos somos”,  que no son los únicos que sufren, su perspectiva cambia inevitablemente.
           Para las reuniones de Renacer, no hay realmente una fórmula, nosotros siempre pensamos que en las reuniones debe mantenerse  un no hacer catarsis en lo posible, no alentar la catarsis, alentar sí el pensamiento positivo y amoroso de los papás que van  ingresando y hacerles ver que todavía en su vidas, hay un horizonte pleno de posibilidades, para que ellos elijan como vivir su vida, que cada uno tiene que hacer su mejor esfuerzo y que la responsabilidad de cómo vivimos nuestra vida  es nuestra siempre, desde el primer día.
           No  nos confundamos, el verdadero Renacer es en el campo de batalla, allí donde está el sufrimiento, allí donde las personas requieren de aquellos que ya han pasado por este camino.
          Hemos dicho, en muchas ocasiones, que el Mensaje de Renacer no es un regalo que ustedes reciben; el Mensaje de Renacer es un préstamo  que tiene que ser devuelto, no a nosotros que no lo necesitamos, sino a los que vienen detrás de ustedes, a los que van a venir en el futuro y es con ellos con quienes ustedes tienen obligación, no con nosotros.
           Renacer no somos nosotros, Renacer es un mensaje que se engrandece con nuestra actitud, pero no creamos que somos nosotros.
           Renacer es una obra de amor y el amor es el verdadero encuentro entre personas, relación en cuyo marco ambos integrantes del par “Yo-Tu” se reconocen en toda su humanidad, en la que no interviene ideología alguna., es una obra de la vida, dejemos, entonces que nuestros corazones se abran y pueda entrar en ellos el amor por la vida y  por los que sufren y así, de esa manera, sin imposición alguna, la vida misma  indicará el camino que esta tarea debe seguir.
                                                               Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti
                                                                       bertilogoterapia@gmail.com   
                                   
                                                                   Viernes 30 de noviembre de 2012