Frente a la Navidad y al año que se inicia
            
 
            Cuando se pierde un hijo, la vida se da vuelta como un guante de goma que uno se saca de la mano, como los guantes finitos de los cirujanos que la única manera de sacárselos es dándolos vuelta y todo lo que estaba afuera queda adentro y todo lo que estaba adentro quedó afuera.
            Así comienza a ser la vida para nosotros.
            Cuando viene un aniversario, cuando viene un  cumpleaños, cuando viene el día del padre o de la madre, cuando llega la Navidad o el año nuevo, un lamento frecuente es “no tengo a mi hijo que me haga un regalo” o me trasmita un augurio de felicidad..
            Entonces, hay que ponerse en el lugar que se ha dado vuelta la vida, porque ahora nosotros tenemos que regalarle a nuestro hijo y lo único que tenemos para regalarle es nuestra vida y la manera como vivimos ese día.
            Antes, cuando los chicos estaban, nosotros veíamos la vida a través de sus ojos, ahora ellos ven la vida a través de nuestros ojos y la obligación que tenemos es qué es lo que les vamos a dejar ver a través de nuestros ojos.
            ¿Les vamos a dejar ver todas las miserias, todas las penas, todo lo feo o vamos a dejarles ver la belleza que todavía tiene la vida?
            Seguimos siendo responsables y el papel se dio vuelta y ahora soy yo el que tengo que hacerle un regalo a mi hijo, con la manera como vivo.
          Apelamos al poder de transformación inherente del ser humano, que muchas veces yace dormido en su interior que es la forma más rápida y segura de arrancar a un papá del círculo de dolor, de culpa, de bronca y de tanta emoción encontrada y dañina de los primeros tiempos o durante años de mal vivir sin encontrar el camino. Es ayudarlo a ver o intuir la luz del sentido más allá de las lágrimas asumiendo responsabilidad por su vida y lo que le toca vivir.
           Apelamos  a la responsabilidad del padre frente a su hijo, a lo que se espera de él frente a la vida misma y, en un acto supremo de amor y autorrenuncia, los invitamos a levantarse por encima de su dolor, a saltar sobre la barrera de sus emociones, a elevar la mirada hacia el horizonte, para poder descubrir el sentido de su vida, aquel que sólo él puede realizar.
           ¿Qué podemos dar por ellos? Sólo lo mejor de sí mismo, cualquier otra cosa no sería digna.”
           Lo mejor de nosotros mismos.
          ¿Quién quiere dar llanto, quién dar pena en homenaje a un hijo? ¿quién quiere dar miseria en homenaje a un hijo? ¿quién quiere dar odio en homenaje a un hijo? ¿quién quiere dar bronca en homenaje a un hijo?
           Nadie.
           Nuestra propia conciencia nos va ha decir cual es el homenaje correcto.
          Que nuestros hijos, estrellas fugaces que pasaron por nuestras vidas, nos ayuden a transformarnos, cambiando nuestras vidas en un renacer vivido en su homenaje.
                                                                     
                                                                            Alicia Schneider Berti – Gustavo Berti
                                                                                     bertilogoterapia@gmail.com         
       
                                                                                     Viernes 21 de diciembre de 2012