El sentido de la vida

 

           Por la magnitud y el misterio de su naturaleza, el hombre siempre ha indagado sobre su origen y el sentido de su existencia, siendo objeto y eje de especulación filosófica, desde los comienzos de los tiempos.

           En definitiva, lo que el hombre más ansía no es

El sentido de la vida

 

           Por la magnitud y el misterio de su naturaleza, el hombre siempre ha indagado sobre su origen y el sentido de su existencia, siendo objeto y eje de especulación filosófica, desde los comienzos de los tiempos.

           En definitiva, lo que el hombre más ansía no es riqueza o poder o aun felicidad, sino ser capaz de encontrar una razón para vivir, capaz de encontrar sentido, no sólo a su destino, sino también a las posibilidades que esperan ser realizadas por él.

           El sentido del que hablamos, no es un sentido abstracto, no se refiere al sentido último de la vida, sino que se refiere al sentido concreto que la vida tiene para cada uno de nosotros y que cada uno de nosotros debe encontrar en su vida como seres únicos e irrepetibles que somos.  

           En la medida que encontramos y percibimos interiormente valores, que dan testimonio de lo que debe ser realizado en este mundo, cada uno de nosotros puede marcar una diferencia de acuerdo a cómo viva su vida.

           Partiendo de su  dimensión espiritual, según Víctor Frankl, el hombre, como ser único e irrepetible, es capaz de levantarse, en las alas indómitas del espíritu, por encima de sus condicionamientos físicos y psicológicos y responder responsablemente de una manera única, como expresión de su libertad.          

           Ser libre significa libertad de opción, no libre de los condicionamientos, sino, precisamente, libre para enfrentarse a ellos y asumir una actitud positiva.

           Para Frankl la vida tiene un sentido incondicional que no se pierde en circunstancia alguna, ni aún cuando el hombre se enfrente con la triada trágica de su existencia, como son el sufrimiento, la culpa y la muerte, que pueden ser enfrentados con la adecuada compostura y actitud.

           En la medida en que un ser humano, en vez de contemplarse a sí mismo y reflexionar sobre sí mismo, se pone al servicio de una causa superior a él o amar a otra persona, vive en la  trascendencia (autotrascendencia), una cualidad esencial de la existencia humana, pues ser hombre significa estar orientado a algo o a alguien que no es el mismo.            

           De acuerdo a esta concepción el hombre es, necesariamente, un ser abierto al mundo, ser yo es ser consciente y responsable.

           Vemos así como se va gestando un modelo que comienza por apoyarse en aquellas partes más nobles del ser humano, su dignidad y las realidades del mundo más elevadas, es decir, los valores a los que el hombre como ser libre se siente atraído —en vez de ser empujado por sus instintos—, para encontrar sentido en su existencia.

           Es un modelo que podemos ver como un abordaje desde lo espiritual, centrado en el sentido de la vida. 

           Consiste en el descubrimiento, en el fondo de cada realidad personal,  de la posibilidad de modificar esa realidad, en la medida de lo necesario, considerando que el hombre no llega a ser tal, hasta que no se olvida de sí mismo, ya sea para allegarse a alguien a quien amar, a una tarea que cumplir o a un sufrimiento al que encontrarle sentido, sosteniendo que la esencia del hombre es la auto-trascendencia.

            La llegada de la muerte a nuestro hogar como un huésped no invitado, llevándose a un hijo, dejando vacía una habitación de la casa y un lugar en la mesa familiar, haciendo tambalear con su sola presencia las estructuras más íntimas del pensamiento y de la vida misma, puede llegar a ser una experiencia regeneradora, pues todo dolor trae consigo una enseñanza.

           Es en la muerte donde hallaremos el sentido de la vida misma, la clave de nuestra propia existencia, porque es moviéndonos a través del dolor, explorándolo, conociéndolo, que lograremos llegar más allá de él, más allá de lo inmediato, más allá del materialismo limitante; rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.

           El sufrimiento correctamente vivido despierta la trascendencia dormida: “el hombre que se levanta por encima de su dolor, para ayudar a un hermano que sufre, trasciende como ser humano”, dice Víctor Frankl.

           Un nuevo modo del ser se hace presente: Ser para otro. 

Este transitar del ser para sí mismo a un ser para otro, permite el salto a la trascendencia y lo hace a través de su elección, que, de esta manera, se transforma en una escalera hacia la dimensión espiritual del hombre.

           Vemos así a un hombre orientado hacia el mundo, más aún, orientado a la búsqueda de sentido en ese mundo que lo rodea.

           ¿Y cuál es una elección plena de sentido?

            Aquella que es buena para mí, buena para los que me rodean y buena para la vida.

            Si nuestra elección cumple esa triple condición, sabremos que hemos elegido correctamente.

            Hay además una intuición que nos muestra el camino, la que nos dice que aún en los momentos difíciles, de sufrimiento inevitable -aquéllos donde creemos perder la fe y la esperanza-, existe la posibilidad de cambio, de transformación interior.

           Podemos orientar nuestro desprendimiento hacia una persona a quien amar, a una tarea que cumplir, o bien hacia algo no concreto, como sucede con los valores de actitud que, si bien emanan del hombre, no están dirigidos a él mismo, sino a la vida, o a Dios o a nadie en particular..

           Estos tres sentidos de nuestra intencionalidad autotrascendente concluyen en uno solo, como quizá en ninguna otra ocasión en la vida, en los grupos de ayuda mutua: el ser sufriente a quien amar se vuelve la tarea a cumplir a través de los valores de actitud.

           Víctor Frankl, nos dice que es merced a su trascendencia que el hombre encuentra los recursos necesarios para levantarse por sobre su sufrimiento y que al encontrar sentido en el horizonte de su vida, hace posible saltar cualquier obstáculo que en ella se presente.

           Entonces, la muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, porque a través de su partida es que el verdadero sentido de la vida se comprende; como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera, ya que el camino trazado hasta ahora no sirve para esa nueva realidad.

           Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas, debemos captar el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor.

           El objetivo es encontrar sentido a esta tragedia; y cuando le encuentro sentido, lo más maravilloso de esto es que nuestros hijos no se van en vano, es que su partida no es estéril, es que este sufrimiento es germen, es tierra fértil en este corazón, para que crezcan nuevas raíces, una nueva planta, planto un nuevo árbol cuyas ramas lleguen al cielo.

                                   

                                                               Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti                                 

                                                                     bertilogoterapia@gmail.com                

                                                                      Viernes 22 de febrero 2013

riqueza o poder o aun felicidad, sino ser capaz de encontrar una razón para vivir, capaz de encontrar sentido, no sólo a su destino, sino también a las posibilidades que esperan ser realizadas por él.

           El sentido del que hablamos, no es un sentido abstracto, no se refiere al sentido último de la vida, sino que se refiere al sentido concreto que la vida tiene para cada uno de nosotros y que cada uno de nosotros debe encontrar en su vida como seres únicos e irrepetibles que somos.  

           En la medida que encontramos y percibimos interiormente valores, que dan testimonio de lo que debe ser realizado en este mundo, cada uno de nosotros puede marcar una diferencia de acuerdo a cómo viva su vida.

           Partiendo de su  dimensión espiritual, según Víctor Frankl, el hombre, como ser único e irrepetible, es capaz de levantarse, en las alas indómitas del espíritu, por encima de sus condicionamientos físicos y psicológicos y responder responsablemente de una manera única, como expresión de su libertad.          

           Ser libre significa libertad de opción, no libre de los condicionamientos, sino, precisamente, libre para enfrentarse a ellos y asumir una actitud positiva.

           Para Frankl la vida tiene un sentido incondicional que no se pierde en circunstancia alguna, ni aún cuando el hombre se enfrente con la triada trágica de su existencia, como son el sufrimiento, la culpa y la muerte, que pueden ser enfrentados con la adecuada compostura y actitud.

           En la medida en que un ser humano, en vez de contemplarse a sí mismo y reflexionar sobre sí mismo, se pone al servicio de una causa superior a él o amar a otra persona, vive en la  trascendencia (autotrascendencia), una cualidad esencial de la existencia humana, pues ser hombre significa estar orientado a algo o a alguien que no es el mismo.            

           De acuerdo a esta concepción el hombre es, necesariamente, un ser abierto al mundo, ser yo es ser consciente y responsable.

           Vemos así como se va gestando un modelo que comienza por apoyarse en aquellas partes más nobles del ser humano, su dignidad y las realidades del mundo más elevadas, es decir, los valores a los que el hombre como ser libre se siente atraído —en vez de ser empujado por sus instintos—, para encontrar sentido en su existencia.

           Es un modelo que podemos ver como un abordaje desde lo espiritual, centrado en el sentido de la vida. 

           Consiste en el descubrimiento, en el fondo de cada realidad personal,  de la posibilidad de modificar esa realidad, en la medida de lo necesario, considerando que el hombre no llega a ser tal, hasta que no se olvida de sí mismo, ya sea para allegarse a alguien a quien amar, a una tarea que cumplir o a un sufrimiento al que encontrarle sentido, sosteniendo que la esencia del hombre es la auto-trascendencia.

            La llegada de la muerte a nuestro hogar como un huésped no invitado, llevándose a un hijo, dejando vacía una habitación de la casa y un lugar en la mesa familiar, haciendo tambalear con su sola presencia las estructuras más íntimas del pensamiento y de la vida misma, puede llegar a ser una experiencia regeneradora, pues todo dolor trae consigo una enseñanza.

           Es en la muerte donde hallaremos el sentido de la vida misma, la clave de nuestra propia existencia, porque es moviéndonos a través del dolor, explorándolo, conociéndolo, que lograremos llegar más allá de él, más allá de lo inmediato, más allá del materialismo limitante; rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.

           El sufrimiento correctamente vivido despierta la trascendencia dormida: “el hombre que se levanta por encima de su dolor, para ayudar a un hermano que sufre, trasciende como ser humano”, dice Víctor Frankl.

           Un nuevo modo del ser se hace presente: Ser para otro. 

Este transitar del ser para sí mismo a un ser para otro, permite el salto a la trascendencia y lo hace a través de su elección, que, de esta manera, se transforma en una escalera hacia la dimensión espiritual del hombre.

           Vemos así a un hombre orientado hacia el mundo, más aún, orientado a la búsqueda de sentido en ese mundo que lo rodea.

           ¿Y cuál es una elección plena de sentido?

            Aquella que es buena para mí, buena para los que me rodean y buena para la vida.

            Si nuestra elección cumple esa triple condición, sabremos que hemos elegido correctamente.

            Hay además una intuición que nos muestra el camino, la que nos dice que aún en los momentos difíciles, de sufrimiento inevitable -aquéllos donde creemos perder la fe y la esperanza-, existe la posibilidad de cambio, de transformación interior.

           Podemos orientar nuestro desprendimiento hacia una persona a quien amar, a una tarea que cumplir, o bien hacia algo no concreto, como sucede con los valores de actitud que, si bien emanan del hombre, no están dirigidos a él mismo, sino a la vida, o a Dios o a nadie en particular..

           Estos tres sentidos de nuestra intencionalidad autotrascendente concluyen en uno solo, como quizá en ninguna otra ocasión en la vida, en los grupos de ayuda mutua: el ser sufriente a quien amar se vuelve la tarea a cumplir a través de los valores de actitud.

           Víctor Frankl, nos dice que es merced a su trascendencia que el hombre encuentra los recursos necesarios para levantarse por sobre su sufrimiento y que al encontrar sentido en el horizonte de su vida, hace posible saltar cualquier obstáculo que en ella se presente.

           Entonces, la muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, porque a través de su partida es que el verdadero sentido de la vida se comprende; como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera, ya que el camino trazado hasta ahora no sirve para esa nueva realidad.

           Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas, debemos captar el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor.

           El objetivo es encontrar sentido a esta tragedia; y cuando le encuentro sentido, lo más maravilloso de esto es que nuestros hijos no se van en vano, es que su partida no es estéril, es que este sufrimiento es germen, es tierra fértil en este corazón, para que crezcan nuevas raíces, una nueva planta, planto un nuevo árbol cuyas ramas lleguen al cielo.

                                   

                                                               Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti                                 

                                                                     bertilogoterapia@gmail.com                

                                                                      Viernes 22 de febrero 2013