Lidia nació un viernes 31 de mayo a las dos menos cuarto de la tarde.
Ella era una niña muy deseada porque Cristina y yo no podíamos tener hijos. Todavía recuerdo el momento en el que supimos que no podríamos engendrar hijos biológicos, fue un momento de confusión y tristeza, pero ante todo queríamos ser padres.

Después de pensarlo y hablarlo decidimos emprender la aventura de la fecundación In Vitro, la cual afrontamos con cierto respeto por la cantidad de pruebas y papeleo que conlleva una apuesta de este tipo. Tras dos intentos fallidos vino la de verdad, y un dia de los Santos Inocentes el doctor nos dio la tan esperada noticia, por fin íbamos a ser padres.

En un principio no me lo creía, estaba como atontado. Después de tantos esfuerzos uno de mis mayores deseos estaba a punto de cumplirse, así que era como si no estuviera en este mundo, mi estado era de euforia total. Ante nosotros se abría un capítulo nuevo y emocionante: la primera visita al ginecólogo, los primeros mareos, las fotos mensuales de Cristina embarazada y la primera ecografía, en la cual vimos por primera vez a un ser pequeñito, pequeñito que estaba llenando nuestro corazón de alegría.

Un día señalado fue cuando por primera vez lo/a vimos en vivo y en directo a través de una pantalla de ordenador, era una mancha oscura y alargada dentro de la barriga de su madre y encima lo pudimos grabar en video. Luego llegó el momento de saber su sexo, ¿sería niño o niña?.

Yo siempre había querido tener un hijo varón, por eso cuando nos dijeron que iba a ser una niña me llevé una pequeña desilusión, pero bueno, igualmente era mi hija, así que el desencanto duró bien poco. No sé cuántas veces hemos llegado a ver ese video, pero si recuerdo que cuando se lo poníamos a los abuelos y los tíos a todos se nos caía la baba.

Un sábado Cristina no se encontraba bien y como padece de hipertensión fuimos a una farmacia a comprobar la tensión. Era altísima. El ginecólogo ya nos había advertido que eso podía ser un problema si sobrepasaba del límite, así que acudimos de urgencia a San Juan de Dios. Allí, después de hacerle una serie de pruebas, nos dijeron que la cosa no iba bien, que las dos tenían que ser ingresadas inmediatamente. La noticia me sentó como un tiro ¿cómo a nosotros, con todo lo que habíamos pasado, con todo lo que habíamos luchado, nos ocurría esto?

Nos dijeron que por culpa de la subida de tensión Lidia estaba sufriendo, que tenia poco líquido y corría serio peligro.

Cristina tuvo que quedarse ingresada para poder controlarle la tensión y si había algún problema actuar al momento. Ya os podréis imaginar la "alegría" que llevaba yo en el cuerpo. Cristina ingresada y mi hija en peligro, ¿cómo explicaba yo todo aquello a la familia sin preocuparles en exceso?

Siempre había pensado en cómo reaccionaria si la noticia del parto me cogía fuera de casa, y un viernes, estando en el trabajo, cuando menos me lo esperaba por el poco tiempo trascurrido desde su ingreso, me llamó Cristina: ¡ven rápido, me van a hacer una cesárea, Lidia no aguanta más!

No sabía qué hacer, estaba angustiado. No sabía si salir corriendo como era lo normal, o llamar a la familia y comunicárselo antes de acudir. Decidí hacer las dos cosas a la vez.

Cuando llegué Cristina estaba siendo preparada en quirófano para la cesárea y no me dejaban verla. Creí que me daba algo ¿cómo estando las dos dentro, en peligro, no me dejaban entrar a verlas para tranquilizarlas y darles todo mi amor?

Me dejaron pasar un rato. Cristina estaba en una sala conectada a unos aparatos que controlaban los latidos de Lidia, estaba muy nerviosa, pero creo que yo lo estaba aún más. Pasado un rato me hicieron salir y pasaron los que yo creía que iban a ser los momentos más angustiosos de mi vida. Era una mezcla de angustia y de euforia. Angustia por el modo y el peligro en que iba a nacer Lidia y euforia por que por fin iba a conocer a mi niña.

En esos momentos de espera, aunque estés rodeado de gente que te quiere, y los médicos te digan que todo va a salir bien, te sientes muy solo, como en otro mundo, parece que no haya nadie a tu alrededor. Sólo piensas en que Lidia es muy pequeña, que ha estado poco tiempo dentro de su madre, si estará bien formada, si nacerá viva. Y Cristina cómo estará.

Una semana después del ingreso, a las 26 semanas de gestación nació Lidia. Los médicos dijeron que todo fue bien, pero era muy pequeña (620grs), y que había gran riesgo de su vida. Enseguida la subieron a neonatos y la pusieron en una incubadora.

Fui a ver a su madre, que se encontraba bien, pero muy asustada. Ella me decía que apenas la había visto, que enseguida se la llevaron, que era muy pequeña.
Y por fin llegó el momento de verla.

Entré en la sala de neonatos con mucho miedo porque, aunque los médicos me dijeron que todo había salido bien, yo no sabía lo que me podía encontrar allí. Y de pronto la vi. Era pequeña (mucho) pero era mía. Un sentimiento de ahogo y de alegría me entró en todo el cuerpo. Allí estaba ella. Metida en su cuna de plástico parecía un niño Jesús en su bola de nieve. Era morena, sus pies eran como los de una muñequita, sus piernas fuertes y alargadas así como sus brazos y manos, su torso tenia una pequeña barriguita muy graciosa y su cara se parecía a mí. Tenía un pequeño punto negro por ombligo, y respiraba sola. Sí, respiraba sola y los médicos estaban muy contentos por eso. A los tres días dejaron bajar a Cristina y lloramos los dos juntos.

Durante diez días dejaron que Cristina se quedara en el hospital para que se recuperara de la cesárea y del golpe que fue el nacimiento de Lidia.

Ese corto espacio de tiempo fue muy intenso porque podíamos estar a su lado todo el tiempo que quisiéramos, era como si estuviera en casa con nosotros a nuestro lado, junto a la cama. Podíamos bajar a cualquier hora a verla en su bola de nieve y siempre éramos bien recibidos por las enfermeras de neonatos. El primer contacto con ellas fue muy duro pues tu piensas que tu hija es la personita más importante que hay en aquella sala y vas dispuesto a comerte a quien sea por ella. Pero enseguida te ponen en tu sitio y te das cuenta de lo que es la realidad, que un nacimiento no es tan fácil como parece. Allí ves cosas que no te habrías imaginado en tu vida, pues todos pensamos que un niño, cuando es puesto en una incubadora, es por falta de peso o cualquier otra tontería, y que cuando coja peso o se recupere de su dolencia sé ira a casa en unos días.

Después de esos días dejaron salir a Cristina.

Subíamos todos los días al hospital. La rutina era ponerse una bata verde y estar a su lado. Era una sensación de impotencia muy grande pues veías que todas sus enfermeras la tocaban, la cogían, le hacían masajes, la lavaban… y tu allí delante sin poder tocarla, sin poder cogerla, sin poder demostrarle todo el amor que sentías por ella, mirándola siempre por aquel maldito plástico que se había convertido en su cuna.

Estábamos muy contentos con el trato que le daban, e incluso conocimos a mas personas que estaban en situaciones parecidas a la nuestra. Es sorprendente la relación que se forma entre los padres que allí se encuentran, se habla de los hijos, de su problema, de cómo solucionar problemas burocráticos, de los médicos, enfermeras etc. y entre unos y otros nos damos una gran ayuda moral.
Lidia, aunque pequeña, nació bien. Los pediatras estaban sorprendidos por las ganas que tenía de vivir. Era fuerte y desde el momento que nació respiraba sola, aunque a las 36 horas tuvieron que entubarla porque se cansaba de respirar ella sola. El único inconveniente era que presentaba el ductus abierto. Nos dijeron que no era ningún problema, que era una cosa normal en una niña de su tiempo, y que es una cosa que tenemos todos y se cierra al nacer. Lidia, como era precoz, no se le cerró.

Intentaron cerrárselo mediante inyecciones, no tuvo éxito. El siguiente paso era una operación. Nos explicaron que era una operación sencilla dentro de la gravedad de Lidia; consistía en abrirle el pecho y en su pequeño corazón coserle el orificio que no se había cerrado. Esperando el momento más adecuado para proceder llega el maldito hongo.

Fue muy rápido. Cuando la dejamos la noche anterior Lidia estaba bien y cuando regresamos a la mañana siguiente los médicos nos avisaron que Lidia estaba muy mal, que corría serio peligro, que se iba.

Tardaron dos días en averiguar exactamente qué era lo que atacaba su pequeño cuerpo. Mientras, Lidia se iba hinchando como un globo lleno de agua, pero con el nuevo tratamiento mejoró. Los médicos y enfermeras siempre nos atendieron muy bien y nos informaban constantemente, no nos daban falsas esperanzas pero cuando la cosa iba bien se les notaba un brillo en la cara y su comunicación con nosotros era más relajada.

El tratamiento fue bien, empezaba a funcionar cuando los riñones de Lidia dejaron de funcionar. Lidia tenía que orinar para eliminar todos los medicamentos y líquidos que le ponían.

Nos pasamos días pidiéndole que orinara con las caras pegadas a la incubadora, e incluso yo, que soy agnóstico, recé y pedí a Dios.

Finalmente tuvieron que ponerle un drenaje, cosa que no habían hecho nunca, según nos contaron, en un ser tan pequeño. Tuvo que venir un cirujano de los mayores e inventarse algo con que hacérselo, porque no existe material adaptado para "personitas" tan pequeñas. La cosa empezó a ir bien, salía más líquido del que entraba, pero Lidia no orinaba, y se quedó estable.

Su única posibilidad era cerrar el ductus para que ella no perdiera fuerzas con los latidos de su corazón. Pidieron asesoramiento a un cirujano de Valencia que, según nos contaban, tenia unas manos de oro y había tratado con éxito casos similares en otros niños. Le presentaron el caso y cuando vio el estado de Lidia dijo que estaba muy débil para soportar una operación, pero que se la haría igualmente al día siguiente, después de una intervención que tenía que hacer.

A nosotros se nos abrió el cielo un poquito porque ya no sabíamos a qué aferrarnos. Al siguiente día no pudo ser, pues el cirujano operó hasta muy tarde y estaba agotado. Operaría a Lidia por la mañana.

Esa tarde, estando con ella, vimos salir por el tubo del drenaje como unas bolitas de hilos, se lo comunicamos a las enfermeras y por la cara que pusieron vimos que la cosa no iba bien. Llamaron a las pediatras, a los cirujanos que le habían puesto el drenaje, a todo el mundo que tenia relación con Lidia. Muy asustados asistimos desde el pasillo mirando por la ventana como todos miraban a Lidia y hablaban entre ellos pero nadie nos decía nada. Era una sensación de impotencia tan grande verlos a todos allí dentro con mi hija y tu no poder estar a su lado, cogerla entre tus brazos y ayudarla. Por fin salió la pediatra y nos dijo que no sabían qué era aquello que salía por el tubo, había que hacerle una serie de pruebas a los hilos para ver qué era. Nos pidieron que nos fuéramos a casa y durmiéramos tranquilos, que cuando supieran algo más nos llamarían a la hora que fuese.

Esa fue una noche horrible, no pude pegar ojo en toda la noche pensando en Lidia allí sola con todos los médicos y enfermeras a su alrededor.

Por la mañana acudimos a primera hora y ya en el pasillo nos esperaban las pediatras para decirnos que Lidia había empeorado por la noche y no había nada que hacer. El hongo finalmente había sido más fuerte que ella. Fue como si te dieran un mazazo, se abriera un agujero infinito bajo tus pies y te arrancaran el corazón todo a la vez. Quería gritar, golpear, patalear, destrozarlo todo, una “seta” se había llevado a mi hija y yo no podía hacer nada por impedirlo.
Después de un rato de lloros nos repusimos y fuimos a pasar los últimos momentos con Lidia. Estaba tan guapa, le habían quitado todos los tubos y le habían puesto un gorro y una toallita para envolverla, sólo le quedaba el tubo de respiración asistida que era el que la mantenía aún con vida y tomamos la decisión de quitárselo para que no sufriera más.

La cogimos por primera y última vez en brazos, no pesaba nada, era tan frágil. Allí, rodeados de toda la Familia, pedimos que le quitaran el tubo de respiración y poco a poco se fue de nuestro lado pero no de nuestro corazón. Pues ella, cada día, se levanta y acuesta con nosotros.

Lidia se fue un 4 de julio a las doce del mediodía.

Francisco Aran.

Padre de Lidia.

PD: Quiero agradecer la ayuda recibida por mis compañeros de RENACER HOSPITALET (Grupo de ayuda mutua para padres que han perdido hijos), mi Familia y al servicio de neonatología del Hospital San Juan de Dios de Barcelona.