267 – Tributo a los 25 años de Renacer

Tributo a los 25 años de Renacer

 

con

 

la palabra de sus creadores

 

 

a través de la serie

 

 

LA PALABRA DE ALICIA Y GUSTAVO BERTI”

 

 

Desde septiembre de 2007 a noviembre de 2013

 

 

 

 

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INTRODUCCIÓN

 

 

                  La serie “La palabra de Alicia y Gustavo Berti”, nació como medio de  difundir los conceptos referidos a la Esencia de Renacer, que se encuentran dispersos en charlas, mensajes, comunicados, encuentros, entrevistas, etc, ordenados por temas, como medio de acceder, mensualmente, a su consideración individual o conjunta en los distintos grupos Renacer, si así lo desean.

                  En su estructura actual, a partir de septiembre de 2007, cada emisión mensual, el último viernes de cada mes, ha sido minuciosa y rigurosamente revisada por Alicia y Gustavo Berti, quienes, cuando a su juicio lo merecía, han sugerido cambios incorporados al texto definitivo.

                  Se encontrarán muchos conceptos ratificados a través de distintos capítulos de la serie, respondiendo al criterio original en el sentido de que “si bien es cierto que muchas veces escuchamos lo mismo, no importa que escuches lo mismo mil veces; nosotros ya no somos las mismas personas, eso lo dijo Heráclito hace dos mil quinientos años, cuando afirmó: "Nunca nos podemos bañar dos veces en el mismo Río”. (Alicia y Gustavo Berti)

                  La primea emisión de LA PALABRA DE ALICIA Y GUSTAVO BERTI”, fue dirigida a 130 direcciones de correos electrónicos,  actualmente la serie se envía a 832 direcciones de correos electrónicos, de las cuales 106 corresponden a grupos Renacer en Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, México, Paraguay y Uruguay, el resto son enviados a receptores individuales en los mismos países, más Australia, Bolivia, Ecuador, Estados Unidos, Noruega y Panamá y a integrantes de “grupo yahoo” o a través de Blog Renacer, sin perjuicio de algunos destinos, cuya exacta localización se desconoce.

                  En estos años se han recibido múltiples estímulos, también han sido recibidas criticas, sólo de dos personas, las que también han estimulado esta tarea. 

                  Quizá, para nosotros, no haya mejor oportunidad que ésta, para reunir en un único documento la serie de “LA PALABRA DE ALICIA Y GUSTAVO BERTI”, como tributo al trabajo de los creadores de Renacer en sus 25 años,  vividos en homenaje a su hijo Nicolás.

 

                          Ulises, Ana y Enrique

 

        De Renacer Congreso  – Montevideo Uruguay

                      “Por la Esencia de Renacer”

 

                                                                                      5 de diciembre de 2013

 

Nota: Cuando no figura algún mes es porque su lugar ha sido ocupado por el envío del contenido de algún encuentro realizado en el periodo. (Por ejemplo Huerta Grande 2008 y Buenos Aires – Avellaneda 2011)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 – De encerrarse en sí mismo  a salir de sí mismo

a través de la Ayuda Mutua

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        Nada hace más egoísta al hombre y más cerrado en sí mismo, que el hecho de sufrir, pues para el hombre que sufre es sólo él y su dolor, no existe el sufrimiento de la humanidad; en ese momento es solamente su dolor.

        En las situaciones límites, en los casos de intenso sufrimiento, en las conmociones existenciales, toma lugar un verdadero aislamiento existencial; desaparece el mundo circundante que rodea al ser sufriente, no desaparece sólo su significado, sino el mundo mismo y es capaz de hacerle experimentar la nada, en su plenitud y puede observarse como desaparece el “hacia” de la autotranscendencia humana; es como una puesta entre paréntesis del mundo que lo rodea.

        En este reduccionismo en que el ser sufriente ha quedado atrapado en su dimensión psicológica, la dificultad existencial no reside en desde dónde trascender, pues es hecha desde el propio hombre, sino que reside en hacia dónde hacerlo.

        Allí es cuando adquiere relevancia la “ayuda mutua” pues ésta consiste, precisamente, en salirse de uno mismo hacia otro ser humano, hacia un hermano que sufre.

        Es necesario entender al sufrimiento como un fenómeno patrimonio de la humanidad entera, tal como lo es la muerte y la angustia y no como un fenómeno sólo del hombre que lo está viviendo.

        Es importante el análisis del sufrimiento como algo esencial de la humanidad y como una plataforma desde la cual estudiar la posibilidad de asumir una actitud  que desconectándose de sus propias vivencias, reconozca la capacidad para oponerse  a cualquier condicionamiento ya sea físico o psíquico, lo que representa un salto hacia la dimensión espiritual del hombre. 

        Salto que puede considerarse como una situación de desapego con una intencionalidad concreta: el preocuparse por otro ser sufriente que hace posible el distanciamiento del propio yo sufriente.

         Según Frankl el hombre arrojado a esta nada existencial, se enfrenta a dos posibilidades extremas: o permanece en profundos estados llamados de ensimismamiento (hiperreflexión) o se re-encuentra con la autotranscendencia propia de su ser que se designa como dereflexión.

 

        1 – Encerrarse en sí mismo

        Encerrarse en sí mismo o estar mirándose sólo el ombligo puede ser visto como un fracaso en el intento de reconquistar el ser desde esa nada a la que ha sido arrojado.

        Esa actitud es deficitaria, dado que continúa ausente el mundo, es decir, el “hacia” o el “a dónde” de la trascendencia.

        En este caso puede verse al sufrimiento como un anclaje existencial en la soledad absoluta de la individualidad, o como la imposibilidad de poder salir de  hechos que le pueden suceder a un ser humano, los que impregnan el ocurrir del mundo.

        Así, el ser sufriente, habiendo perdido la existencia del ser del mundo en el cual es, se refugia en sus propias experiencias, dando lugar a estados de ensimismamiento de los que no puede desapegarse.

        El hombre se ve inmerso en una ocupación egoísta en sí mismo, una especie de auto-contemplación psicológica perpetua, que conduce a disecar su vida anímica en la que las emociones se aferran a él, lo poseen y lo posicionan en su mundo interior.

        La conciencia, que sólo puede ser considerada como «conciencia de», en estos casos es rápidamente transformada en «conciencia de dolor». De aquí en adelante todas las experiencias y vivencias de ese ser sufriente serán percibidas a partir de un estado de conciencia uni-intencional, la «conciencia de dolor» en la que el «hacia donde» de cada acto remite  a la propiainterioridad de la persona.

        Bernanos, en su libro Memorias de un Cura Rural, describe la pérdida de la trascendencia en la voz de su personaje principal: “Hoy he rezado sólo por mí. Dios no vino”

         Ante cada nueva situación que se presenta se reacciona siempre de la misma manera. Esto tiene vigencia en los grupos, particularmente cuando algún integrante hace gala de una actitud fatalista ante el sufrimiento o, en términos psicológicos, asume conductas cristalizadas ante él.

 

        2 -La autotrascendencia, salir de sí mismo.

        La otra posibilidad es la de emerger como un nuevo hombre, como un hombre capaz de transcenderse sin perder su ser en el proceso.

        Estamos hablando, en otras palabras, de la autotrascendencia como un proceso mediante el cual el hombre debe “volver” a su ser para conocerlo, y a posteriori olvidarlo nuevamente, haciendo realidad ese auto conocimiento de los valores humanos propios que habían permanecido larvados y desde su nuevo ser, usándolo como plataforma, desplegarlo en una nueva actitud trascendente.

        Esto es la puesta en práctica de lo que en filosofía consiste en el pasaje del plano caracterizado por el excesivo reflexionar sobre un sentimiento, al plano metafísico en el que ese mismo sentimiento es visto desde afuera, como espectador desinteresado, desapegado de ese particular estado de involucramiento con los hechos que impregnan el ocurrir del mundo.

       Sin embargo, aún es necesario otro paso para que la autotrascendencia se lleve a cabo, que es la presencia de un “hacia donde” trascender.

       Dicha presencia es la de un «Otro» con su reclamo inescapable y mediante la cual ese espectador desinteresado es capaz de salirse de sí mismo sin aniquilarse, sin perder su ser pero des-hechizado de él, en palabras de Levinas.

        Nietzsche dice que quien alcanza su ideal precisamente por ello va más allá de él mismo, en otras palabras se transciende a sí mismo.

        La ayuda mutua es el ámbito adecuado para que el hombre doliente despliegue la autotrascendencia, propia del ser humano, entendida como la salida de su ensimismamiento.

        En la ayuda mutua ese ideal que menciona Nietzsche, es el Otro que sufre  y necesita de nosotros y en ese requerir está implícito no sólo un trascender orientado “hacia” el otro ser sufriente, sino un “regresar” a su propio ser para asumir una actitud trascendente no sólo “desde” sino “hacia” él mismo.

        Una actitud que lo haga elevarse por sobre sus propias emociones y sentimientos, puesto que lo requerido es que se cambie a sí mismo, que se levante por sobre su dolor para ayudar a otro ser que sufre, para lo cual es necesario que deje atrás su propio dolor y asuma una actitud que trasunte amor y paz interior.

        Así podemos pasar, casi sin darnos cuenta, de encerrarse en sí mismo —ayuda mutua mediante— a la libertad a través de la autotranscendencia.

 

        El significado de la presencia del Otro.

        En los grupos de ayuda mutua aparece la presencia de otro ser sufriente con la dimensión de fenómeno y con un brillo propio tan intenso que no puede ser ignorado, la presencia de otro ser sufriente, de otro rostro que requiere; que más que requerir, demanda atención y con él aparece nuevamente el “hacia” de nuestra intencionalidad, un “hacia donde”, “hacia quién”, que facilita la dereflexión frankliana, como instrumento de la autotranscendencia a reconquistar.

        A lo largo de los años, en reuniones mantenidas con diferentes grupos Renacer de Argentina, Uruguay, Chile y España, hemos hecho una misma pregunta a los integrantes de los grupos, una pregunta en cuyo preguntar se abre el camino, no sólo a una adecuada comprensión del fenómeno de la ayuda mutua, sino a la experiencia del Otro como igual.

        Esta pregunta es: ¿cuál creen ustedes que es el requisito fundamental para la existencia de la ayuda mutua? ¿Qué es aquello sin lo cual la ayuda mutua no podría existir? Solíamos obtener respuestas de la más variada índole, aunque ahora con el pasar de los años se ha comprendido su significado. Así, por ejemplo, alguien decía ¡El amor!, otro ¡El sufrimiento!, mientras que un tercero replicaba ¡Un lugar para reunirnos!

        En ese momento se imponía un breve paréntesis para que todos pudieran sopesar las respuestas y crear una adecuada expectativa, en el ambiente que en tensión la esperaba, momento en el cual dicha respuesta tomaba vida: ¡El requisito indispensable para la ayuda mutua es… la presencia de un Otro!

        No puede haber ayuda mutua si estoy solo en el lugar de reunión!

        Por esta razón es que debo cuidar más al Otro que a mí mismo, es el Otro el que permite y facilita el despliegue de mi trascendencia. Es el Otro que me interpela cara a cara, cuya presencia es experiencia antes que palabra, experiencia de un sufrimiento compartido que no puedo rechazar ni negar a riesgo de negarme a mí mismo.

        Esta experiencia del Otro, que brilla con luz propia imposible de ignorar, abre las puertas al problema de la intersubjetividad.     

        Esta experiencia se da en toda su plenitud en el mundo común del sufrimiento, en la que ambos, mi propio yo y el Otro comparten absolutamente la misma experiencia.

        El camino al aislamiento, que se había planteado al comentar la reducción existencial queda anulado en la ayuda mutua, en la medida en que se comparte la experiencia “existencial” del Otro y se produce el salto del egoísmo a la trascendencia del propio yo, la autotrascendencia, propiciada por esa experiencia.

        Es en la trascendencia, con la presencia del rostro que me reclama, donde la ayuda mutua adquiere su peso conceptual al reconocer que el individuo concreto sólo puede ser rescatado por una salida hacia el Otro motivada únicamente por la dimensión de lo ético. 

        La autotrascendencia consiste en desconectar a la persona de sus propias vivencias para observarlas como vivencias universales, esta capacidad de todo ser humano de desconectarse, desapegarse de emociones propias es una de las formas de manifestación del espíritu.

        Para Frankl el espíritu como tal, debe ser necesariamente libre para ser facultativamente a-intencional o, dicho en otras palabras, la a-intencionalidad es la demostración de la absoluta libertad del espíritu.

        Cuando una persona que sufre una crisis existencial llega a un grupo de ayuda mutua, lo hace con todo su sufrimiento encima, no con el de la humanidad. El hecho inicial, intuido, de encontrarse con 40 o 50 personas que están experimentando la misma crisis existencial, tiende automáticamente a elevarla por sobre sus emociones y sentimientos y hacerle ver a ese sufrimiento como un fenómeno perteneciente a la humanidad, como algo inherente a la esencia del hombre.

        La resignificación del sufrimiento como esencial humano se refleja en la conocida frase común a los grupos de ayuda mutua: “Dolor compartido es dolor diluido”, frase que en realidad significa que la percepción de la universalidad del dolor facilita la aceptación individual.

        Lo esencial reside en el sufrimiento como fenómeno humano común a todos los hombres, mientras que lo existencial reside en la manera individual de sufrir, en vivir el propio sufrimiento sin escaparle, sin negarlo, sin considerarlo una enfermedad.

        La esencialidad del sufrimiento ha sido notablemente transmitida por Buda a través de la descripción del carácter ineludible del sufrimiento, la vejez y la muerte. 

        La importancia de esto desde un punto de vista práctico para el funcionamiento de un grupo reside en que la puerta hacia la la autotrascendencia se abre de una manera espontánea, a partir de la comprensión intuitiva del sufrimiento como aspecto esencial del hombre. 

        Frankl ha insistido en que en la eterna dialéctica entre el hombre y la vida, donde  la vida es quien pregunta y el hombre es quien debe responder.

        A partir de este enunciado tenemos derecho a pensar que la respuesta del hombre debe tener el mismo o mayor valor o jerarquía que el interrogante, de lo contrario la vida tendería a la involución y no a la evolución. Esto contribuye a confirmar la aseveración de Frankl que el hombre común y corriente que forma parte de cada cultura tiene un conocimiento apriorístico de los valores, como si estuvieran larvados, que lo guían siempre hacia adelante, hacia un futuro mejor, hacia una búsqueda de sentido en tales interrogantes, como una brújula que apunta siempre al norte.

        Si a lo largo de esta línea de pensamiento tomamos a los grandes existenciales del hombre como son la culpa, la muerte, el sufrimiento y los analizamos desde la doble perspectiva de fenómenos específicamente humanos y de interrogantes, tenemos entonces que la respuesta debe ser, en primer lugar mediante otro fenómeno, también específicamente humano, y en segundo lugar debe ser cualitativamente igual o superior al fenómeno planteado como interrogante y de esta manera llegamos a la dignidad, el amor y el servicio como aspectos del sentido que yace oculto tras todo sufrimiento y se muestra en toda su luminosidad la libertad humana, que reside en su capacidad de des-ocultar esa verdad, ese sentido y darle vida sin alterarlo, sin desmerecerlo, sin reducirlo.

         Finalmente, en la medida en que el carácter esencial, tanto del sufrimiento como de la respuesta al mismo pueda ser percibido por los integrantes de un grupo, será factible, asimismo, la percepción fenomenológica del grupo como una entidad común, como la constitución intersubjetiva de un mundo común y, en tal sentido, objetivo y factible de ser percibido de igual modo por cada uno de los integrantes.

 

                                                        Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti

                                                                 gyaberti@calamuchitanet.com.ar

                                                                                               28 de septiembre de 2007

 

 

2 – La oportunidad de pensar lo no pensado

 

         Partiendo de la base que los grupos de ayuda mutua se constituyen en la búsqueda de nuevos caminos frente a los modelos vigentes, una búsqueda originada al constatar que lo ofrecido por la sociedad formal ortodoxa, no es la solución para sus problemas,  es de suma importancia dar a los grupos de ayuda mutua un sustento filosófico que permita, no sólo su reproducción, sino también su inserción social sobre marcos referenciales sólidos.

         El grupo existencial Renacer para padres que enfrentan la muerte de un hijo, originado en 1988 en la ciudad de Río Cuarto, confrontó al modelo imperante hasta ese momento, de acuerdo con el cual la única alternativa que existía para un padre que perdía un hijo, si necesitaba acompañamiento en ese proceso debía recurrir a quienes tradicionalmente habían “tutelado” dicho proceso, es decir, a los especialistas en las ciencias de la psiquis y los representantes de las diversas religiones.

         Planteada la ayuda mutua como un nuevo enfoque, como todo marco conceptual nuevo, tiende a cuestionar las inoperantes estructuras vigentes, con la consecuente reacción de las ya establecidas, de ahí que se hace necesario profundizar acerca del significado de los modelos fundamentalmente en cuanto al obstáculo que pueden representar para esta tarea.

         En consecuencia, se impone una mirada sobre los modelos en los que se han de basar, dado que no podemos separar al hombre, ni a sus grupos, entre ellos los de ayuda mutua, del mundo en que viven  así como de las estructuras que los modelos ayudan a crear. 

         Por modelo se entiende un conjunto de símbolos que nos permiten definir un fenómeno determinado y  el conjunto de modelos forman los paradigmas  que son la totalidad de valores, técnicas, modelos, etc., compartidos por los integrantes de una comunidad determinada, que se asienta sobre un substrato de creencias, imperativos y compromisos históricos no conscientes.

         Es una realidad significativa el hecho que los integrantes de una sociedad no sean mayoritariamente conscientes de cómo esa visión del mundo afecta su manera de interpretar la realidad y entender con claridad los fenómenos imperantes.

         Esto plantea la necesidad de ser conscientes del modo en que un determinado paradigma compromete y condiciona el modo de pensar de los individuos, al punto tal que las ideas originales y renovadoras corren el peligro de ser rechazadas al colisionar con las actualmente vigentes.

         Las visiones del mundo adquiridas como tales desde la infancia, a través de diversos procesos educativos tutelares, no son fácilmente cuestionadas y su capacidad para regir nuestra interpretación de la realidad va mucho más allá de lo pensado.

         Sin embargo, cuando se vive una situación límite, como es el caso de la pérdida de un hijo, acontece que la existencia se da vuelta como un guante de goma que se saca de la mano, todo lo que estaba adentro quedó afuera y todo lo que estaba afuera quedó adentro; es un cambio totalmente radical, ya no somos los mismos   ni podemos serlo; en esa frontera entre lo cognoscible y aquello que está más allá del límite, en la cual por el sufrimiento intenso se llega a una situación de aislamiento en la que desaparece el mundo circundante que rodea al ser sufriente y le hace desaparecer no sólo su significado, sino el mundo mismo; situación capaz de hacerle experimentar la nada en su plenitud y hacer desaparecer también toda visión previa del mundo.

         Es a partir de ahí que se presenta “la” oportunidad de toda una vida; en la que se abre  la posibilidad de una nueva visión  y con ella un cambio radical en el “hoy” del ser, en palabras de Heidegger se hace presente la posibilidad de pensar lo no pensado, como un proceso de creaciónauténtico, yendo más allá de un mero desocultar algo que ha permanecido oculto, sino que ir más allá de los límites, más allá inclusive de la misma verdad, vislumbrando así un nuevo mundo generado a partir de esta revolución interior, pero también con él se hacen visibles las grandes resistencias de las estructuras vigentes.

         Como toda actividad humana se estudia, evalúa, razona y valora a partir de la estructura propia de dicha  cultura, somos prisioneros de dichas estructuras, y son precisamente éstas las que se oponen a las renovaciones culturales, puesto que los cambios de paradigmas se suceden muy lentamente y no se aprecian hasta que se produce una verdadera colisión entre ellos.

         El reconocimiento de estas posibles colisiones es importante para los integrantes de los grupos de ayuda mutua, dado que, en muchos casos, por ejemplo, implica un rechazo a todo tipo de tutelaje preexistente, como lo indica el hecho de no existir jerarquías ni autoridades.

         En nuestra cultura occidental la visión actual del hombre y del mundo en el que vivimos se denomina «Paradigma Occidental». En este paradigma imperan, entre otros, como se verá, modelos atomistas (aquellos que tratan de reducir todo a su más pequeña expresión, que es el átomo), materialistas (sólo aceptan como real aquello formado por materia demostrable), racionalistas (sólo es válido lo que se demuestra por vía de la razón), etc. a saber:

 

         1- El Modelo Antropológico: Este modelo reconoce un “hombre fotográfico”: tal como la cámara, cuando más abiertos están sus ojos a la verdad del intelecto (cuando más abierto está el diafragma de la cámara), más enfocamos sólo aquello que está más cerca de nuestros ojos, más oculto permanece el bosque por el árbol. Existe un agravante: una fotografía es una copia de la realidad reducida, sólo se ve en dos dimensiones, y así, con una visión  bidimensional, bio-psíquica, ven al ser humano.

         Este modelo deja de lado una de las tres dimensiones del ser humano, y nada menos que la dimensión espiritual.

 

         2- El Modelo Sociológico: Predominio de la masificación por sobre el valor individual de la persona, pérdida progresiva de la capacidad de reflexión individual con tendencia a lo que se ha denominado sincronización emocional con las consiguientes respuestas impulsivas.  

         Si en este momento tratamos de analizar el anonimato de ciertos grupos de ayuda mutua podemos considerarlo como un libre despojarse de la libertad y responsabilidad individual, para sumergirse en un colectivismo anónimo, a través del cual se pretende, paradójicamente, encontrar la dimensión espiritual que les permita reafirmarse como seres libres y responsables.       

Cada civilización produce sus propias enfermedades, y en nuestra cultura occidental vemos crecer a paso agigantado el fenómeno de la masificación, como resultado del conformismo, y de la misma forma nos hemos hecho conscientes que así como existen neurosis individuales, existen también neurosis colectivas. Desde el punto de vista de la responsabilidad individual   es indudable que si una persona acepta masificarse como refugio contra el peso de la libertad y la toma de responsabilidad que ello trae aparejado, deberá también aceptar las neurosis colectivas en las que esa sociedad de masas lo sumerge, sin preguntarle, pero sin darle posibilidades de salida mientras no opte por singularizarse.

 

         3- El Modelo Ideológico: Se dice que vivimos en un mundo donde las ideas parecen no existir, se han transformado en ideologías (ideas fosilizadas que son repetidas sin que nadie tenga clara conciencia del contenido). Un estilo de vida cada vez más individualista y que nos ha mostrado la desaparición de los grandes sistemas solidarios que florecieron a principio del siglo pasado; un mundo englobado por una ideología neoliberal dependiente del libre flujo de capitales, reducido poder del estado nacional y de las fronteras entre naciones y, muy particularmente, signado por la flexibilización, no sólo laboral sino de todo tipo de relación entre sujetos y entre éstos y el poder.

 

         4- El Modelo Religioso: Es necesario aquí hacer la salvedad que en todo paradigma, aun como construcción humana que es, el hombre, si bien ocupa un lugar importante, casi central, permanecía en él como “creación”. Hemos entrado en los últimos treinta años en una colisión de paradigmas que se origina cuando nace, a fines de la década del 70, el primer bebé de probeta, alcanza su máxima expresión hoy cuando la clonación de animales es un hecho corriente y ya se habla de estar en condiciones de clonar seres humanos. Este nuevo paradigma tiene como figura central un hombre capaz de crear vida, ya no sólo vida vegetal y animal, sino “capaz de crear vida humana”; estamos entrando en un paradigma cuyo efecto es aún imposible de predecir en el que la figura central sea el “hombre Creador”.

         En cada era en la que se produjo una colisión entre paradigmas, hubo episodios de desconcierto y confusión, y esta era no es la excepción. Una posible derivación temprana de este nuevo paradigma que incorpora al hombre como “Creador” es el surgimiento de los fundamentalismos religiosos más acérrimos e intolerantes.

 

         5- El Modelo Psicológico: El hombre es juguete de sus impulsos, con un aparato psíquico controlado por mecanismos, dinámicas e impulsos modulados por fuerzas fisiológicas; empujado por sus instintos, especialmente el instinto sexual y el de autopreservación; nunca atraído hacia valores, sin dimensión espiritual, en el que predominan la voluntad de placer y la voluntad de poder, en el que el deseo juega un rol fundamental y se ignora la voluntad, específicamente humana, de encontrar sentido a los grandes interrogantes existenciales. Se concibe y trabaja con un ser humano que prioriza sus emociones y que cree tener un derecho inalienable a la felicidad, considerando a ésta como una meta. 

         También se considera a la psiquis humana como una caja vacía sujeta a reaccionar frente a los estímulos que le son presentados, sin capacidad de agregar su impronta personal a una respuesta evocada por un estímulo determinado, como es el caso del conductismo y sus variantes más modernas. 

         En 1997 en la página central del Puntal, diario de Río Cuarto, del domingo 7 de diciembre, aparece un comentario de un psiquiatra biologista que reproduzco dada las enormes implicancias de las aseveraciones vertidas. Dice el profesional: “En el sistema nervioso tenemos sustancias de neurotransmisores que regulan nuestra vida psíquica en todo, no sólo en el pensamiento, sino en la vida sexual, en la temperatura corporal, la vigilia, la búsqueda compulsiva de dulces… la agresividad, la obsesión, la irritabilidad. Todos estos factores que pareciera que los regula uno, que uno es dueño de la conducta, se ha descubierto que no, que somos esclavos de nuestra biología cerebral. Somos así porque no podemos ser de otra manera”.

         Así, de un plumazo la neurobiología cerebral nos ha privado no sólo de nuestra libertad como hombres, sino también de nuestra responsabilidad. Esta nota es un fiel exponente de un modelo de reduccionismo biologista.

 

         Todo este conjunto de modelos que utilizamos, de manera consciente o no, en nuestra vida diaria nos ha llevado a un paradigma de vida sin sentido ni valores. Este paradigma está centrado en el hombre, y ha generado una civilización que prioriza un hombre individualista, despojado de toda orientación hacia algo que no sea sí mismo.  

         Debemos ser conscientes, sin embargo, que todas las civilizaciones han desaparecido y la nuestra no parece ser la excepción; pero además, mientras duran, suelen producir sufrimientos que le son propios y que, muy probablemente, exceden el alivio que esta misma civilización pueda haber traído a los sufrimientos normales del hombre ocasionados por generaciones anteriores. No es de extrañar entonces la desesperanza de nuestros jóvenes con el consiguiente incremento en la tasa de drogadicción, alcoholismo, violencia, bulimia y anorexia, adicción al vértigo y al peligro (…accidentes de autos y de motos en franco aumento), perversidad y violencia contra los demás y contra sí mismo (suicidio).

         ¿Qué podemos esperar pues de un hombre egocéntrico enfrentado a un mundo en el que no puede encontrar valores dignos de ser realizados y en el que el sentido parece ser tan esquivo que algunos ni siquiera insisten en vivir?

 

Un modelo que incorpora el fenómeno espiritual.

 

         A los modelos centrados en el hombre, podemos oponer un modelo que no se satisface con iluminar el fenómeno psíquico sino que incorpora el fenómeno espiritual en la existencia humana, mediante el cual, puertas que permanecían cerradas al substrato emocional se abren a las potencialidades del espíritu humano. (Lükas)

         Frankl nos dice que el hombre posee un conocimiento intuitivo de los valores hacia los que se siente arrastrado, cuando se refiere al modo de obrar de nuestra conciencia, la cual ubica en el mapa humano en la dimensión del “inconsciente espiritual”.

         Todo esto nos indica que la dimensión del ser humano, la que es especifica de él como tal, es decir, la dimensión espiritual,  se expresa de una forma irrefleja, y, por extensión, cuando reflexionamos sobre nuestros sentimientos o emociones con el afán de entenderlos, casi seguramente nos eludirá sutilmente.

         Esta peculiaridad de nuestra dimensión espiritual de ser irrefleja, es significativa, dado que muchos grupos de ayuda mutua trabajan con un programa llamado de 12 pasos, el objetivo último de los cuales consiste en alcanzar “la espiritualidad”. La pregunta ahora es la siguiente: ¿cómo hacer para reflexionar sobre aquello que por naturaleza es irreflejo, es decir, no es pasible de conocimiento por vía de la reflexión?

         La reflexión en un marco grupal puede conducir, en demasiadas ocasiones, a procesos de desenmascaramiento, en los que detrás de cada palabra hay siempre algo oculto; nuestra experiencia es que los grupos de ayuda mutua deben evitar desenmascarar (autoreflexionar lo que lleva a encerrarse en sí mismo) en cómo y porqué ha sucedido todo lo que nos angustia; por el contrario, preocuparse por ayudar a descubrir las posibilidades que están latentes en la vida de cada uno de nosotros, inclusive, y por qué no, y más aún en el sufrimiento.

         Estamos hablando de un descubrir basado en ayudar a los integrantes para que el análisis de sus vidas comience a orientarse hacia los para qué en lugar de los de dónde.

         A lo largo de este proceso de cambio es importante comprender que existen valores que merecen un no rotundo, así como otros, por los que vale la pena hasta dar la propia vida.

Sólo con un conocimiento de estos valores, y en relación con ellos pueden los grupos ayudar a sus miembros a saltar por sobre los obstáculos de sus temores y condicionamientos  o emociones.  

          Veamos la forma en que el modelo de hombre y de mundo que nos ofrece Víctor Frankl desde la Logoterapia y el Análisis Existencial se enfrenta al paradigma vigente.

         Este modelo considera al hombre como un ser bio-psico-espiritual, sin dejar de ser una unidad dentro de la multiplicidad de dimensiones; consciente, responsable y siempre orientado a algo o alguien más allá de él mismo; integrado a una sociedad como persona única e irrepetible, aportando su unicidad para el desarrollo de esa comunidad en una tarea solidaria; comprometido existencialmente en la búsqueda de valores y sentidos que esperan ser realizados por él, con una fe teísta y una filosofía existencial que lo lleva al optimismo y lo reconoce libre y consciente, inserto en un mundo de responsabilidad, siendo suya la decisión sobre el ante qué o quién se hace responsable, ya sea su propia conciencia, la vida, la sociedad, Dios, o por último aquellos seres que lo han precedido en el viaje evolutivo que llamamos muerte.

         Este nuevo hombre se encuentra inserto en un mundo de valores y sentidos, que hace suyos sólo con no escapar a las preguntas que la vida misma va haciéndole según pasan los años; un mundo en el que ese hombre afirma su existir ya sea creando, amando y, cuando el tiempo llega, sufriendo si es necesario, pero asumiendo una actitud que lo haga digno de ser hombre.

         En este momento estamos en condiciones de preguntar qué deben ofrecer los grupos de ayuda mutua a quienes buscan y necesitan de su amparo y protección. Ciertamente la transformación de grupos de ayuda mutua en una forma de psicoterapia gratuita terminaría destruyendo su razón de ser.

         Los grupos deben dar un giro radical, y trabajar, no en los porqué, sino en los para qué y en los “a pesar de todo”, y en buscar el sentido en las posibilidades que esperan aún ser realizadas. Por lo tanto, deben brindar primeramente aquello que la sociedad no puede ofrecer, ya sea por carecer de ello totalmente, por incapacidad para percibirlo o falta de voluntad para acercarlo a los necesitados.

         Descubrir y sacar a relucir lo personal, lo individual, lo excepcionalizado debe ser el propósito de los grupos de ayuda mutua en cuanto se constituyen en el nivel de análisis existencial.

         Víctor Frankl afirma que ser hombre es ser consciente y responsable.

         Desde el punto de vista ético “el hombre incondicionado es el hombre que sigue siendo hombre aún en las más desfavorables e indignas condiciones; el hombre que en ningún momento abdica de su ser, sino que se aferra a él incondicionadamente”

         Víctor Frankl nos dice que “…el hombre es un ser incondicionado porque no se agota en su condicionalidad porque ninguna condición es capaz de definirle plenamente; la condicionalidad le condiciona, empero no lo constituye…” es incondicionado a pesar de este sometimiento; lo esa pesar de las condiciones, en medio de las cuales se encuentra.

         Frankl no entiende la libertad de, sino la libertad para que, es decir, que el hombre no es libre de sus instintos y emociones, sino que precisamente es libre para oponerse a ellos, y que es justamente en ese salirse afuera (de sí mismo) para oponerse a sí mismo, donde se manifiesta en todo su esplendor la dimensión espiritual del ser humano.

         Después de todo, ex-sistir significa vivir hacia fuera, proyectado siempre hacia un futuro en el que yacen las posibilidades que esperan ser convertidas en realidad.

         Hemos recorrido un camino que nos ha llevado de viaje por el significado de los paradigmas como construcciones mentales, en gran medida tutelares del pensamiento, y también por el concepto de hombre fundamentalmente con el objeto de mostrar el campo de las  libertades tratando, además, de rescatar lo más humano del hombre, aquello que deberíamos tener siempre presente y que, paradójicamente, pareciera, hoy más que nunca, estar a punto de desaparecer en un mundo que extrema todos sus recursos e inteligencia para exterminarse a sí mismo.

 

                                                      Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti

                                                              gyaberti@calamuchitanet.com.ar

                                                                                                26 de octubre de 2007

 

 

 

3 – Sobre el destino

         Cuando una persona ha sido señalada por la vida merced a una crisis existencial u otra tragedia, una de las primeras preguntas que se plantea es ¿Por qué a mí; qué es lo que he hecho para merecer semejante desgracia?

         Esta pregunta nos conduce directamente a la relación del hombre con el destino.

         Cuando esa persona se acerca a un grupo de ayuda mutua lo primero que se hace evidente es que esa pregunta debería ser reemplazada por otra: ¿Por qué a nosotros?, despojando así a la persona del sentimiento, muchas veces vergonzante, de ser el único ser sufriente, el último y más despreciable ser del universo, lo que debiera producir algún alivio sin necesidad de discurso previo.

         Sin embargo, es tan frecuente escuchar a los integrantes que se acercan por vez primera a una reunión grupal insistir, cuando se les concede la palabra, ¿Por qué a mí?, así como es frecuente escuchar, casi a coro, la respuesta: ¡Porqué no a ti! Con lo que estamos como al principio. En realidad la pregunta nos remite a la cuestión del destino y es acerca del significado de ese destino que debemos interrogarnos.

         Durante nuestra permanencia en los grupos Renacer para padres que enfrentan la pérdida de hijos, hemos visto cuan conflictiva es la relación del hombre, no ya con edestino, sino con supropio destino, en la medida en que pareciera afectar sólo a él; relación difícil, en la que el hombre toma un rol inquisidor, cuestionador, ubicándose, una vez más, de manera equivocada, en el papel de amo del universo.

         Para el hombre egocéntrico que se considera a sí mismo el centro del universo, con las cosas y los hombres girando alrededor suyo para su beneficio y usufructo, el destino no puede ser visto sino como una afrenta personal, frente a la cual no tendrá respuesta alguna, dado que, como dice Elisabeth Luka: “…sólo a partir del momento en que el mundo puede ser percibido independiente de las condiciones que prevalecen en el observador, puede ser comprendido, en término de los elementos de sentido, aquello que da sentido a la existencia humana y capacitan al observador para responder a las preguntas planteadas por la vida, las que aguardan ser realizados por él.” 

         Pero, ¿cómo es en realidad ese destino que tanto nos ha herido en la vida? ¿Estamos indefensos ante él? ¿Somos entidades separadas? ¿Tenemos algo que decir? ¿Estamos a merced de las circunstancias que la vida nos depara? ¿Participamos de ellas? ¿Podemos, en alguna medida, forjarlas y ser artífices de nuestro propio destino? ¿Es este destino pasado, presente o futuro, o es como la vida misma un continuo plegarse y desplegarse? ¿Preguntamos o respondemos?

         Por último ¿es algo que llega a nosotros desde la vida, o es, como pensaba Rilke, algo que sale desde nosotros hacia ella?

Se abre así un interrogante de capital importancia:¿Debe el hombre vivir libando continuamente en un pasado impuesto, lleno de memorias dolorosas que son fuente de lamentos en el presente? ¿O acaso tiene algún grado de libertad en sus respuestas?

         Al respecto, Frankl nos dice: “El hombre elabora la materia que el destino le brinda: unas veces creando, otras viviendo o padeciendo, se esfuerza por cambiar su vida lo más posible para convertirla en valores, en valores de creación, de vivencia o de actitud”.

         Noten que Frankl dice que el destino nos brinda, casi con ternura. Más adelante, nos dice:"El destino le pertenece al hombre como la tierra que lo ata con la fuerza de la gravedad, sin la cual caminar no sería posible. Tenemos que ver nuestro destino como la tierra sobre la que nos movemos, el piso que ofrece el trampolín para nuestra libertad… La tierra sobre la que el hombre se mueve y trasciende ya durante el andar sobre ella, y es tierra sólo en cuanto puede ser trascendida, o sea, que significa una base para el despegue.

         Si se quiere definir al hombre, habría que definirlo como el ser que hasta puede liberarse de aquello que lo determina.”

         Algo similar nos dice Rilke "El que no acepta de una vez con resolución, incluso con alegría, la dimensión terrible de la vida, nunca disfrutará de los poderes inefables de nuestra existencia, quedará marginado y, a la hora de la verdad, no estará vivo ni muerto”.

         Según Nietzsche, para los antiguos, cualquier mal estaba justificado a condición que los dioses se complacieran en mirarlos. Este pensamiento puede enfocarse a la inversa y decir que habiendo acaecido algún mal, está en el hombre ganarse la mirada y el respeto de su Dios haciéndose sagrado merced a la actitud con la que asume su destino.

         El hecho de ver al destino como lo que sale del hombre, reivindica para ese ser, para nosotros, la capacidad de modificarlo, de hacer que no sea algo estático, mecánico, conceptualmente acabado e imposible de ser modificado, sino que sea finalmente un producto de nuestra propia existencia, de nuestra propia libertad, de nuestra responsabilidad ante la propia vida y de la manera en que la vivimos.

         En la medida en que tanto la libertad como la responsabilidad son fenómenos que tienen su origen en la dimensión espiritual del hombre, podemos aventurar que el “destino” no es otra cosa que un «llamado» al espíritu humano.

         Este concepto del destino como un producto humano, permite elegir que esta  realización sea dirigida no hacia lo que recibimos “de”, sino hacia lo que nosotros damos al mundo, permitiendo, eventualmente, cambiarnos y cambiar el mundo. Por ejemplo: si pierdo un hijo joven en un accidente de moto, y veo su destino como una muerte injusta y mi destino como una vida de sufrimiento, consecuencia de dicha pérdida, en ese instante he renunciado no sólo a mi libertad sino a mi autotrascendencia.

         Sin embargo, si considero al destino como aquello que sale de mí, puedo entonces, merced a mi actitud, no sólo dotarlo de sentido, transformándome en un nuevo (mejor) ser humano, sino que puedo trasformar una muerte inexplicable, otorgando a mi hijo el papel de catalizador de mi transformación existencial, y convertir su muerte prematura en un supremo sacrificio, al que yo he elegido dotarlo de póstuma intencionalidad.

         Aun en el caso que el hombre entienda al destino como aquello inesperado e indeseado que entra a él, las situaciones límite le ofrecen la oportunidad de lograr la pérdida de la angustia ante la posibilidad de tener que “elegir”, puesto que ya todo ha sido elegido.

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