Llegué a todos vosotros de forma accidental, casi se podría decir que de rebote, pues lo hice de la mano de mi compañera Rosario y de Rebeca, su hija. Pero después de estos tres encuentros y viendo y viviendo en primera persona lo reconfortante que puede llegar a ser compartir experiencias, ya me siento  parte de este grupo y ya comparto de algún modo con todos vuestras alegrías, vuestras penas y vuestras inquietudes.

 Por eso me gustaría compartir a mi también aquí y ahora una vivencia propia que, no por más alejada en el tiempo, es menos dolorosa para mi.


Todos los anos, y ya van 32,  en un día señalado, una rosa amarilla reposa a los pies de la lápida de mi bebé. Es el recuerdo perenne y emocionado de un padre a la memoria de su hijo. Un hijo que, por circunstancias de mi trabajo en la mar, casi no llegue a conocer y al que apenas no tuve tiempo material de arrullar entre mis brazos, ni de besar aquella hermosa y sonrojada carita.
La noticia de su fallecimiento arribó a puerto al mismo tiempo que el barco que yo patroneaba, traída de la mano de dos de mis hermanos.
– Ven para casa que se ha muerto tu hijo!- creo que fueron más o menos las duras y faltas de tacto palabras que me dijeron, y yo, que en aquel tiempo  ya era padre de un hermoso niño de dos años, pregunté, quizá puerilmente, que cual de ellos había sido. Hoy, con la distancia del tiempo y la perspectiva, tengo un difuso sentimiento de culpa por el alivio que interiormente me produjo oír el nombre de Antonio y no el de Manuel.

 Muerte súbita infantil fue el diagnostico! Una muerte traidora que privó a Antonio de una vida plena a semejanza de la que hoy disfrutan sus hermanos.

 

 Bien se que no todos los duelos son iguales, mas el destino nos privó a algunos de ver sus primeros pasos, de sus balbuceos, de escuchar de sus labios su primer “papá”, de acompañarlo de la mano en su primer día de escuela, de sufrir con sus llantos y reír sus monerías; en resumen, nos privó de una vida y junto a el desapareció una ilusión.
Mas la muerte, lo que nunca podrá robarnos, son nuestros recuerdos.

Durante mi dilatada vida en la mar, cuatro estrellas en la bóveda celeste guiaron día tras día mis navegaciones. Cuatro estrellas en mi firmamento, cuatro luceros que iluminan mi vida y marcan el rumbo de mis actos, tres de ellos son los que a día de hoy siguen a mi lado físicamente y el cuarto es aquel bebé de carita hermosa y sonrojada el cual un destino cruel me privó de ver crecer.


Gracias a todos vosotros por haber logrado en cierta medida que este rudo hombre de mar, lograse arrancarse esta espina de su corazón. Quedan más espinas, por supuesto, aunque espero poder seguir curando la vieja herida, porque como me habéis enseñado todos vosotros, compartir el dolor es uno de los mejores métodos y un muy buen antídoto para aliviar las penas por nuestras pérdidas.
No, nunca olvidaremos, pero aprenderemos a vivir y seguiremos recordando a aquellos que tanto amamos, los cuales  seguirán vivos en nuestro recuerdo y nuestro corazón hasta que de nuestros pechos exhale un ultimo suspiro.


Muchas Gracias. Manuel